Ubicado en la 4a avenida, 10-06 zona 9, teléfono 2334-2343
A un costado de la Nunciatura Apostólica, sorpresivamente encuentra uno, como un tesoro en una playa poco conspicua, el discreto restaurante Fish.
El amueblado de madera azul, con pocas pretensiones, contrasta con refinados detalles en vidrio y fotografías artísticas, que plantean en su conjunto una atmósfera de litoral, de serio compromiso con los frutos del mar.
Me llevaron un menú, con la fecha del día y una confusa descripción de los platillos disponibles. Poner la fecha del día en el menú es una irrevocable declaración de frescura de los ingredientes, fue una lástima que encabezara una lista donde la negrilla y la organización de nombres y precios no permitiera apreciar con claridad la diversidad de viandas. El bocadillo de cortesía fue un extraordinario mousse de trucha ahumada, ¡simplemente exquisito!
Cuando vi, sin embargo, el “foie gras fresco” toda confusión desapareció, y a pesar de la obvia desviación de la naturaleza del restaurante, pedí una orden de foie gras, que después acompañaría con una crema de zanahoria con jengibre y una corvina a la plancha.
El foie gras estaba acompañado de una salsa de níspero, unas tostaditas de pan con mantequilla fundida y una ensaladilla de hojas verdes con tomate cherry. Es indecible el efecto casi embriagante del foie gras diluyéndose contra el paladar, liberando aromas sutiles y complejos a la vez. Después de ese breve ensueño, me regresó a la realidad la vigorizante crema de zanahoria y jengibre. El mesero regresaba con interés a mi mesa, ofreciendo agua pura, a lo que yo me resistía convencido de que me iban a llevar alguna botella sobrevaluada.
El jengibre, irreverente y agudo, daba una vitalidad extraordinaria a la cremosa composición de zanahoria, en cuyo seno se alojaban maravillosos trocitos de queso de cabra. Muy impresionado con los platillos y alivianado con un whisky, no podía retirarme sin comer un pescado ¿verdad?
Volviendo mi vista al confuso menú, le preguntaba al mesero por un pescado que no fuera muy grande, cuando el mismísimo Chef se acercó para recomendarme una corvina, que por su consejo también, pedí a la plancha en lugar de a la parrilla. En el ínterin, el Chef me llevó unas almejas con ajo y hierbas, súper entretenidas.
Mientras veía pasar las centollas y otras delicias de arriba para abajo, crecía mi expectativa por la preparación de mi corvina. Cuando llegó, sin embargo, no quedé muy complacido que digamos. Acompañada de unos vegetales preparados con lo que me pareció un tempurizado ligero, la corvina no ofrecía discusión en cuanto su frescura o punto de cocimiento, poco hecha, pero para ser honesto, me he comido mojarras más interesantes.
Sin espacio para el postre, y habiendo sucumbido a pagar Q15 por una botella de agua, a pesar de la poco lucida corvina, me marché con el convencimiento en mi corazón, y en mi duodeno, de haber encontrado un pedazo de playa, en la zona 9, a donde regresaré a excavar suculentos tesoros. Calificación, cuatro lenguas y media :P :P :P :P :p
La Original Crítica Culinaria y Crítica de Restaurantes en Guatemala
domingo, 27 de febrero de 2011
domingo, 6 de febrero de 2011
El Coctel de Camarones
Quisiera saber dónde se puede comer un BUEN coctel de camarones. En esa búsqueda visité dos lugares diametralmente distintos. Primero fui a la cevichería Los Chavos en la zona 5, con la esperanza de encontrar fórmulas originales en lugares inesperados. Mientras mis acompañantes pidieron ceviches, que es la opción obvia, yo me sentí por un momento como Fraiser Crane, inoportunamente pomposo y refinado, pidiendo un coctel de camarones.
En un vaso de malteada, aderezada con una innecesariamente grande hoja de lechuga, me llevaron los abundantes camaroncillos, bañados con una salsa a base de la popular salsa de tomate B&B. Siempre me ha gustado la salsa de tomate B&B, y considero que su jingle navideño es patrimonio cultural de la humanidad, pero acompañar camarones no es, definitivamente, su mejor uso. Al final de cuentas, los tamalitos salvaron el día, haciendo que mi descabellada negativa a pedir un ceviche no resultara tan desastrosa como hubiera podido ser.
Días después visité El Portal del Ángel de Plaza Fontabella, donde pedí un coctel de camarones que costaba el doble. Hecho con bastante más delicadeza, este coctel consistía en cuatro camarones medianos, aliñados con una combinación de salsa inglesa, posados a la orilla de una pequeña copa de martini, donde descansaban dos camarones pequeños depositados en una minúscula cantidad de la típica salsa de coctel de camarones, que es una combinación de cítricos y salsa de tomate.
No puedo quejarme de la preparación, ni de la presentación, pero por el precio que pagué, me sentí realmente decepcionado ¡y aquí no hubo tamalito que me consolara!
Continuaré, entonces, en mi búsqueda de un BUEN coctel de camarones.
En un vaso de malteada, aderezada con una innecesariamente grande hoja de lechuga, me llevaron los abundantes camaroncillos, bañados con una salsa a base de la popular salsa de tomate B&B. Siempre me ha gustado la salsa de tomate B&B, y considero que su jingle navideño es patrimonio cultural de la humanidad, pero acompañar camarones no es, definitivamente, su mejor uso. Al final de cuentas, los tamalitos salvaron el día, haciendo que mi descabellada negativa a pedir un ceviche no resultara tan desastrosa como hubiera podido ser.
Días después visité El Portal del Ángel de Plaza Fontabella, donde pedí un coctel de camarones que costaba el doble. Hecho con bastante más delicadeza, este coctel consistía en cuatro camarones medianos, aliñados con una combinación de salsa inglesa, posados a la orilla de una pequeña copa de martini, donde descansaban dos camarones pequeños depositados en una minúscula cantidad de la típica salsa de coctel de camarones, que es una combinación de cítricos y salsa de tomate.
No puedo quejarme de la preparación, ni de la presentación, pero por el precio que pagué, me sentí realmente decepcionado ¡y aquí no hubo tamalito que me consolara!
Continuaré, entonces, en mi búsqueda de un BUEN coctel de camarones.
Rancho "Don Rami"
Ubicado frente a la playa en Champerico, Retalhuleu
Desde los tiempos en que existía “El Lonchito”, un comedor al que finalmente se lo llevó el mar, dicen, donde probé por primera vez esos curiosos crustáceos “chiquirnes”, que no visitaba Champerico. Yo recuerdo a El Lonchito más bien como una cantina destartalada, con rokola de pocos discos, bastante diferente a los numerosos ranchos-restaurantes que se encuentran hoy a la orilla de esa playa, incluyendo “El Lonchito 2”.
Después de superar las insistentes recomendaciones de lugareños que se acercan a tocar los vidrios de los autos para guiarlos al negocio que les recompensa, llegué al Rancho “Don Rami” donde me acomodé a tomar la bebida que a orilla de nuestras tropicales playas es simplemente mágica: una indescriptible cerveza fría.
Sombra en el parqueo, brisa en el comedor, fuego en la cocina, y amabilidad en el servicio, hacen olvidar instantáneamente el estrés de la ciudad, y la poca comodidad del mobiliario plástico. Las bebidas son acompañadas por gratuitos bocadillos de “jamón de pescado” un curioso prensado frío de carne de pescado y hierbas, de poco atractivo si me preguntan a mí, pero que con un toque de limón fresco, salsa inglesa, ketchup y picante, salta a la vida como un bocadillo aceptable.
Después de un par de horas de disfrutar la brisa, la bebida y el jamón de pescado, me decidí por ordenar un caldo de mariscos, el más barato, pues los hay desde Q45 hasta de más de Q200. Con una jaiba, un pescado entero y numerosos camaroncitos, me disfruté el caldo, que tenía esa típica y fuerte influencia de tomate y cilantro, que se complementa muy bien con limón fresco. Tomé entonces una naranjada con soda, que más bien era una suave granizada de jugo de naranja (o naranjada frozen si cabe el término), que me sirvió a modo de postre y punto final.
Después de ese apacible medio día, salí de Champerico, esta vez con ganas de no tomarme 20 años para regresar. Con gusto le doy al Rancho “Don Rami” la calificación de tres lenguas :P :P :P
Desde los tiempos en que existía “El Lonchito”, un comedor al que finalmente se lo llevó el mar, dicen, donde probé por primera vez esos curiosos crustáceos “chiquirnes”, que no visitaba Champerico. Yo recuerdo a El Lonchito más bien como una cantina destartalada, con rokola de pocos discos, bastante diferente a los numerosos ranchos-restaurantes que se encuentran hoy a la orilla de esa playa, incluyendo “El Lonchito 2”.
Después de superar las insistentes recomendaciones de lugareños que se acercan a tocar los vidrios de los autos para guiarlos al negocio que les recompensa, llegué al Rancho “Don Rami” donde me acomodé a tomar la bebida que a orilla de nuestras tropicales playas es simplemente mágica: una indescriptible cerveza fría.
Sombra en el parqueo, brisa en el comedor, fuego en la cocina, y amabilidad en el servicio, hacen olvidar instantáneamente el estrés de la ciudad, y la poca comodidad del mobiliario plástico. Las bebidas son acompañadas por gratuitos bocadillos de “jamón de pescado” un curioso prensado frío de carne de pescado y hierbas, de poco atractivo si me preguntan a mí, pero que con un toque de limón fresco, salsa inglesa, ketchup y picante, salta a la vida como un bocadillo aceptable.
Después de un par de horas de disfrutar la brisa, la bebida y el jamón de pescado, me decidí por ordenar un caldo de mariscos, el más barato, pues los hay desde Q45 hasta de más de Q200. Con una jaiba, un pescado entero y numerosos camaroncitos, me disfruté el caldo, que tenía esa típica y fuerte influencia de tomate y cilantro, que se complementa muy bien con limón fresco. Tomé entonces una naranjada con soda, que más bien era una suave granizada de jugo de naranja (o naranjada frozen si cabe el término), que me sirvió a modo de postre y punto final.
Después de ese apacible medio día, salí de Champerico, esta vez con ganas de no tomarme 20 años para regresar. Con gusto le doy al Rancho “Don Rami” la calificación de tres lenguas :P :P :P
domingo, 23 de enero de 2011
¡Cómo pasan los meses!
¡No puedo creer que haya pasado tanto tiempo desde mi última reseña! Debo confesar que me he mantenido mucho en el círculo de los mismos restaurantes, en los que es práctico comer, pero que ya no me inspiran para escribir.
De lo que vale la pena destacar en estos últimos meses va en la línea de:
Unos maravillosos chicharrones y gallina con salsa de tomate y chiltepes a un costado de la gasolinera Texaco de El Rancho, en El Progreso. En mi opinión, los mejores chicharrones del mundo.
Un filete de pargo con baby octopus en su tinta, y luego con una joya de postre de tres muosses de chocolate que comí en Clíos.
Una cuidadosamente cocinada tilapia a la parrilla de la Hacienda Real de Condado Concepción. Pedí una también un día en la de la zona 10, pero esa no estaba fresca, y otro día comí una en la Hacienda de los Sánchez, que está justo en frente, pero esa estaba tan descuidada que hasta escamas traía.
Un estimulante pollo con aceite de ajonjolí de Bing Bing en la zona 9, y mucho, mucho pa cham kai.
Por otro lado, he estado tratando de comer menos cosas que son malas para los triglicéridos, la diabetes, el colesterol, y el reflujo gastroesofágico. Total, estas preocupaciones me han reducido drásticamente el gusto de salir a comer. Las fiestas de fin de año me significaron una tregua en eso, lo que me permite publicar algo para empezar el año. Espero, sin embargo, poder planificar aunque sea una reseña que valga la pena al mes ¡Esperemos que mi páncreas no me pase la factura!
De lo que vale la pena destacar en estos últimos meses va en la línea de:
Unos maravillosos chicharrones y gallina con salsa de tomate y chiltepes a un costado de la gasolinera Texaco de El Rancho, en El Progreso. En mi opinión, los mejores chicharrones del mundo.
Un filete de pargo con baby octopus en su tinta, y luego con una joya de postre de tres muosses de chocolate que comí en Clíos.
Una cuidadosamente cocinada tilapia a la parrilla de la Hacienda Real de Condado Concepción. Pedí una también un día en la de la zona 10, pero esa no estaba fresca, y otro día comí una en la Hacienda de los Sánchez, que está justo en frente, pero esa estaba tan descuidada que hasta escamas traía.
Un estimulante pollo con aceite de ajonjolí de Bing Bing en la zona 9, y mucho, mucho pa cham kai.
Por otro lado, he estado tratando de comer menos cosas que son malas para los triglicéridos, la diabetes, el colesterol, y el reflujo gastroesofágico. Total, estas preocupaciones me han reducido drásticamente el gusto de salir a comer. Las fiestas de fin de año me significaron una tregua en eso, lo que me permite publicar algo para empezar el año. Espero, sin embargo, poder planificar aunque sea una reseña que valga la pena al mes ¡Esperemos que mi páncreas no me pase la factura!
Restaurante Biba Trattoria
Ubicado en la 10a avenida 5-49 zona 14
No recuerdo cuándo fue la última vez que entré a un restaurante y que todas las mesas estuvieran llenas, lo que me dio una muy buena impresión de Biba Trattoria. Esperé unos minutos sentado en el bar, impresionado por el atinado detalle de construir un bar alrededor de un árbol. De la factura, se puede ver que Biba es del mismo grupo de los restaurantes Giuseppe Verdi y de Ambia. Debo decir que de los tres, Biba es el que tiene la atmósfera que más me cautivó: desenfadada, y menos formal, como lo sugiere el término "trattoria".
Cuando una mesa por fin se desocupó, procedí a sentarme, no sin tener que evadir el reflejo del sol de medio día, que al rebotar en los vidrios de los autos del parqueo, no dejaba de perseguirme. Si no entendí mal, una de las especialidades del lugar es la pizza, pero al ver "ossobuco" en el menú, no tuve que pensarlo más. Pregunté al mesero "cuénteme cómo está el ossobuco hoy"; "¡muy fresco!" me dijo con la seguridad de quien sabe bien de lo que está hablando. A través de su intercomunicador inalámbrico, el mesero avisió inmediatamente a la cocina mi orden de ossobuco para adelantar la preparación. Después de degustar una entrada de berenjena gratinada (¿pisano, se llamaba? ya no recuerdo bien), me llevaron el suculento ossobuco.
La pieza de carne se posaba gloriosa en el centro del plato, guarnecida con un cremoso risotto. Ataqué la médula del hueso con diligencia, pues su consistencia gelatinosa y su aroma no se aprecia bien si se deja enfriar. Ciertamente estaba muy fresca, y se combinaba con el seductor aroma de limón que sutilmente invadía a la salsa de tomate, base suculenta del platillo.
Encantado con la excelencia de la carne y la salsa, voltee hacia el risotto, que ofrecía un llamativo contraste con la intensamente colorida salsa. Cuando me llevé el risto a la boca, el aroma de la salsa del ossobuco y su encanto ¡desaparecieron por completo! "¿a dónde se fue?, ¡totalmente neutralizado! ¿será ese el efecto deseado?" me pregunté. Hubiera preferido una guarnición que realzara la salsa, en lugar de tener un contraste tan marcado.
Mi postre consistió en un helado de toronja. Las bolitas cítricas fueron un buen cierre para mi comida. Vi cómo otro comensal había pedido un postre similar, y terminó rompiendo el recipiente de vidrio por quererle meter la cuchara con mucha fuerza al helado.
Por una agradable experiencia, y un delicioso ossobuco, a Biba Trattoria con gusto le otorgo cuatro lenguas y media :P :P :P :P :p
No recuerdo cuándo fue la última vez que entré a un restaurante y que todas las mesas estuvieran llenas, lo que me dio una muy buena impresión de Biba Trattoria. Esperé unos minutos sentado en el bar, impresionado por el atinado detalle de construir un bar alrededor de un árbol. De la factura, se puede ver que Biba es del mismo grupo de los restaurantes Giuseppe Verdi y de Ambia. Debo decir que de los tres, Biba es el que tiene la atmósfera que más me cautivó: desenfadada, y menos formal, como lo sugiere el término "trattoria".
Cuando una mesa por fin se desocupó, procedí a sentarme, no sin tener que evadir el reflejo del sol de medio día, que al rebotar en los vidrios de los autos del parqueo, no dejaba de perseguirme. Si no entendí mal, una de las especialidades del lugar es la pizza, pero al ver "ossobuco" en el menú, no tuve que pensarlo más. Pregunté al mesero "cuénteme cómo está el ossobuco hoy"; "¡muy fresco!" me dijo con la seguridad de quien sabe bien de lo que está hablando. A través de su intercomunicador inalámbrico, el mesero avisió inmediatamente a la cocina mi orden de ossobuco para adelantar la preparación. Después de degustar una entrada de berenjena gratinada (¿pisano, se llamaba? ya no recuerdo bien), me llevaron el suculento ossobuco.
La pieza de carne se posaba gloriosa en el centro del plato, guarnecida con un cremoso risotto. Ataqué la médula del hueso con diligencia, pues su consistencia gelatinosa y su aroma no se aprecia bien si se deja enfriar. Ciertamente estaba muy fresca, y se combinaba con el seductor aroma de limón que sutilmente invadía a la salsa de tomate, base suculenta del platillo.
Encantado con la excelencia de la carne y la salsa, voltee hacia el risotto, que ofrecía un llamativo contraste con la intensamente colorida salsa. Cuando me llevé el risto a la boca, el aroma de la salsa del ossobuco y su encanto ¡desaparecieron por completo! "¿a dónde se fue?, ¡totalmente neutralizado! ¿será ese el efecto deseado?" me pregunté. Hubiera preferido una guarnición que realzara la salsa, en lugar de tener un contraste tan marcado.
Mi postre consistió en un helado de toronja. Las bolitas cítricas fueron un buen cierre para mi comida. Vi cómo otro comensal había pedido un postre similar, y terminó rompiendo el recipiente de vidrio por quererle meter la cuchara con mucha fuerza al helado.
Por una agradable experiencia, y un delicioso ossobuco, a Biba Trattoria con gusto le otorgo cuatro lenguas y media :P :P :P :P :p
¿Quién es el más grandioso?
¿Los Beatles, los Rolling Stones o Led Zeppelin? ¿Sócrates, Platón o Aristóteles? ¿Paulino's, Katok o El Rincón Suizo? El debate de quién es el más grandioso de todos es tan apasionado como inagotable. Bueno, en realidad no es para tanto, pero hay que reconocer que estos tres restaurantes se disputan con mucha competitividad los clientes que pasan por Tecpán, punto intermedio entre Quetzaltenango y la ciudad capital, seduciéndolos con sus fachadas rústicas, sus embutidos ahumados, y la constelación de ventas de frutas y artesanías que orbitan a su alrededor.
Los datos de los restaurantes son los siguientes:
Katok: ubicado en el Km 87.5 Carretera Interamericana. Teléfono 78403384
Rincón Suizo: ubicado en el Km 94 Carretera Interamericana. Teléfonos 55544360, 59839091
Kapé Paulino's: ubicado en el Km. 87.5 Carretera Interamericana. Teléfono 78403806
Los datos de los restaurantes son los siguientes:
Katok: ubicado en el Km 87.5 Carretera Interamericana. Teléfono 78403384
Rincón Suizo: ubicado en el Km 94 Carretera Interamericana. Teléfonos 55544360, 59839091
Kapé Paulino's: ubicado en el Km. 87.5 Carretera Interamericana. Teléfono 78403806
Restaurante Kapé Paulino's
Ubicado en el Km. 87.5 Carretera Interamericana. Teléfono 78403806
En Kapé Paulinos pedí una porción de pierna de cerdo con salsa morena. “¿La salsa es hecha con harina?” le pregunté al mesero “No, es hecha con puras verduras” me respondió. Bueno, pondremos a prueba la susodicha salsa, pensé. De tomar pedí un excelente chocolate servido en batidor de barro ¡Inigualable! Tal vez un poco dulce, pero la sensación porosa y áspera del barro, por la que fluye el chocolate aromático y envolvente, realzado por el clima frío de Tecpán, resulta en una experiencia casi mística.
Me llevaron mi porción de pierna, acompañada de cebollines y una bastante ordinaria ensalada de lechuga y tomate ciruelo. Exprimí el jugo de un limón sobre mi ensalada (¡ay, mire que carísimo está el limón!), y al comerla justo me ardió la herida que en un labio me había hecho unos días antes, comiendo un lap cheong al mismo tiempo que bajaba unas gradas, combinación de actividades sumamente peligrosas que pagué caro.
Ataqué la pierna, que estaba jugosa y bañada en una salsa morena sorprendentemente compleja, honesta y ligera, un éxito total. El mesero tenía razón, la salsa era de verdaderos jugos y aromas naturales, sin aditamentos ni falsificaciones. Una comida muy convincente rodeada de la atmósfera más bien ruidosa y ajetreada del restaurante, de muebles incómodos, al rededor de los que corren niños, comensales entran y salen, antes de largos viajes hacia sus destinos, y la música de marimba orquesta parece darle aún más sabor a los platillos ¡Cuatro lenguas para Kapé Paulino's! :P :P :P :P
En Kapé Paulinos pedí una porción de pierna de cerdo con salsa morena. “¿La salsa es hecha con harina?” le pregunté al mesero “No, es hecha con puras verduras” me respondió. Bueno, pondremos a prueba la susodicha salsa, pensé. De tomar pedí un excelente chocolate servido en batidor de barro ¡Inigualable! Tal vez un poco dulce, pero la sensación porosa y áspera del barro, por la que fluye el chocolate aromático y envolvente, realzado por el clima frío de Tecpán, resulta en una experiencia casi mística.
Me llevaron mi porción de pierna, acompañada de cebollines y una bastante ordinaria ensalada de lechuga y tomate ciruelo. Exprimí el jugo de un limón sobre mi ensalada (¡ay, mire que carísimo está el limón!), y al comerla justo me ardió la herida que en un labio me había hecho unos días antes, comiendo un lap cheong al mismo tiempo que bajaba unas gradas, combinación de actividades sumamente peligrosas que pagué caro.
Ataqué la pierna, que estaba jugosa y bañada en una salsa morena sorprendentemente compleja, honesta y ligera, un éxito total. El mesero tenía razón, la salsa era de verdaderos jugos y aromas naturales, sin aditamentos ni falsificaciones. Una comida muy convincente rodeada de la atmósfera más bien ruidosa y ajetreada del restaurante, de muebles incómodos, al rededor de los que corren niños, comensales entran y salen, antes de largos viajes hacia sus destinos, y la música de marimba orquesta parece darle aún más sabor a los platillos ¡Cuatro lenguas para Kapé Paulino's! :P :P :P :P
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