Ubicado en el Centro Comercial Oakland Mall, en la diagonal 6 de la zona 10.
He comido varias veces en este local. El ceviche es particularmente bueno, sin el trillado picadillo de tomate y cebolla, y con una frescura incomparable. También he probado el lomito en un corte especial que llaman "corte don Emiliano" o algo parecido, muy suculento.
En mi más reciente visita probé la ensalada césar. ¡Excelente! Los ingredientes muy bien escogidos, un aceite abundante (supongo que de oliva, ¡el buen colesterol!) y perfectamente aromatizado con anchoas y queso parmesano. Hasta los crutones se sentían frescos y crocantes, como recien hechos. Todo ello envuelto en la lechuga electrizada.
Mi plato fuerte fue un robalo al wok. Aquí creo que fui víctima de lo lleno que estaba el restaurante. Todas las mesas estaban ocupadas y los meseros corrían de un lado para otro. Mi mesero tuvo el tino de presentarse personalmente, pero no fue suficiente para evitar tener que dividir su atención entre tantos comensales. Si bien esto no es particularmente agraviante, es la evidencia que me indica a pensar que el fracaso del robalo al wok se debió al intenso trajín.
El robalo al wok fue un fracaso por que estaba quemado. Extrañamente quemado. No lo parecía en la superficie, pero el aceite requemado en el que lo cocinaron tenía un sabor penetrante y amargo. Una lástima.
El postre consistió en flan de queso. Otra decepción. Casi insípida, la porción de flan parecía más bien un corte de pie arrepentido. No era un flan preparado en una porción individual, sino un pedazo de un flan grandototote como un pastel, que saber desde qué día lo tienen en la refri.
Ya he comprobado en dos ocasiones que los lugares de carne asada no preparan bien el pescado, pero qué le voy a hacer, no me voy a comer el gran pedazo de carne cuando se supone que me estoy cuidando el colesterol, ¿no?
Aunque en otras visitas he disfrutado de la comida de don Emiliano, en esta ocasión lamentablemente no puedo darle más de dos lenguas y media :P :P :p
La Original Crítica Culinaria y Crítica de Restaurantes en Guatemala
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domingo, 14 de junio de 2009
domingo, 31 de mayo de 2009
Restaurante De Mario
Ubicado en la esquina de la 13 calle y 1ra avenida, zona 10.
Como diría el Presidente Kaga, "if memory serves me right" hace muchos años en este mismo local había un restaurante de comida china llamado "Exellent". Nunca fui, pero más de alguna persona me habló muy bien de él.
Ya hace años, se instaló allí el restaurante de Mario. Un amigo español, abogado, me dijo que allí se comía tal vez la mejor comida española de la ciudad. Estuve posponiendo mi visita por mucho tiempo, pero al fin se dio la oportunidad. Y vaya si no valió la pena la espera.
El término para describir el ambiente del lugar, diría yo, es "ecléctico". Muebles de madera tradicionales se mezclan con vidrios sandblasteados, claramente yuxtapuestos y ajenos al resto del concepto del restaurante.
El bocadillo de cortesía es pan con mantequilla. Nada especial. Una lástima. De lo contrario, muy posiblemente le hubiera dado cinco leguas, pues la experiencia fue extraordinaria.
Pedí el especial del día: cocido madrileño. ¡Qué vianda! En un plato plano estaban distribuidos seductoramente los garbanzos, que ostentaban con indiscutible dignidad una rodaja de morcilla, una de chorizo y una loncha de panceta. Al otro lado, una loncha de carne de res y una pieza de ave complementaban la presentación.
Cada uno de los elementos del cocido tenía altísimos méritos, con excepción del ave, que me dijeron era gallina, pero no quedé totalmente convencido, pues hay unos pollos amarillos que podrían ser buenos impostores. Al ave le faltaba un poco de aroma, nada más. Pero la morcilla y el chorizo eran intensos. Tanto, que aunque las rodajas podrían parecer pequeñas, cada bocado tenía un sabor tan convincente y una sustancia tan inigualable, que me resultaron rodajas abundantes.
La panceta también era de una calidad y frescura extraordinarias. Los garbanzos estaban en su punto justo de cocimiento, y aunque la salsa que los contenía parecía por momentos muy sutil, la combinación con los otros fuertes ingredientes recordaba la pertinencia de tal sutileza. El corte de carne de res fue un enigma interesante. Tenía un color oscuro, como de víscera. Pero la consistencia y el sabor era de músculo pero enervado de nervios o gelatina, como el corte de "camote", de indiscutible carácter.
También pude probar el bacalao a la vizcaína y la fabada asturiana. Ambos espléndidos. En el bacalao se podía apreciar la alta calidad de los ingredientes: una salsa tersa que no competía sino complementaba al pescado. La fabada estaba aromática, de ahumado profundo.
Mi postre fue una natilla. Era una especie de dulce de leche con ocultos granitos de arroz, aderezados con azúcar morena casi acaramelada. Muy bien hecho. Finalicé mi comida con un café. Me llevaron un espresso muy fuerte, no lo que había pedido pero reconozco que estaba bien hecho.
El servicio fue bueno, aunque un mejor conocimiento del menú no les caería mal a los meseros, sobre todo de los postres, cuya selección no despertaba curiosidad.
Ahora le creo a mi amigo abogado cuando me dijo que era tal vez la mejor comida española. Calificación: cuatro lenguas y media :P :P :P :P :p
Como diría el Presidente Kaga, "if memory serves me right" hace muchos años en este mismo local había un restaurante de comida china llamado "Exellent". Nunca fui, pero más de alguna persona me habló muy bien de él.
Ya hace años, se instaló allí el restaurante de Mario. Un amigo español, abogado, me dijo que allí se comía tal vez la mejor comida española de la ciudad. Estuve posponiendo mi visita por mucho tiempo, pero al fin se dio la oportunidad. Y vaya si no valió la pena la espera.
El término para describir el ambiente del lugar, diría yo, es "ecléctico". Muebles de madera tradicionales se mezclan con vidrios sandblasteados, claramente yuxtapuestos y ajenos al resto del concepto del restaurante.
El bocadillo de cortesía es pan con mantequilla. Nada especial. Una lástima. De lo contrario, muy posiblemente le hubiera dado cinco leguas, pues la experiencia fue extraordinaria.
Pedí el especial del día: cocido madrileño. ¡Qué vianda! En un plato plano estaban distribuidos seductoramente los garbanzos, que ostentaban con indiscutible dignidad una rodaja de morcilla, una de chorizo y una loncha de panceta. Al otro lado, una loncha de carne de res y una pieza de ave complementaban la presentación.
Cada uno de los elementos del cocido tenía altísimos méritos, con excepción del ave, que me dijeron era gallina, pero no quedé totalmente convencido, pues hay unos pollos amarillos que podrían ser buenos impostores. Al ave le faltaba un poco de aroma, nada más. Pero la morcilla y el chorizo eran intensos. Tanto, que aunque las rodajas podrían parecer pequeñas, cada bocado tenía un sabor tan convincente y una sustancia tan inigualable, que me resultaron rodajas abundantes.
La panceta también era de una calidad y frescura extraordinarias. Los garbanzos estaban en su punto justo de cocimiento, y aunque la salsa que los contenía parecía por momentos muy sutil, la combinación con los otros fuertes ingredientes recordaba la pertinencia de tal sutileza. El corte de carne de res fue un enigma interesante. Tenía un color oscuro, como de víscera. Pero la consistencia y el sabor era de músculo pero enervado de nervios o gelatina, como el corte de "camote", de indiscutible carácter.
También pude probar el bacalao a la vizcaína y la fabada asturiana. Ambos espléndidos. En el bacalao se podía apreciar la alta calidad de los ingredientes: una salsa tersa que no competía sino complementaba al pescado. La fabada estaba aromática, de ahumado profundo.
Mi postre fue una natilla. Era una especie de dulce de leche con ocultos granitos de arroz, aderezados con azúcar morena casi acaramelada. Muy bien hecho. Finalicé mi comida con un café. Me llevaron un espresso muy fuerte, no lo que había pedido pero reconozco que estaba bien hecho.
El servicio fue bueno, aunque un mejor conocimiento del menú no les caería mal a los meseros, sobre todo de los postres, cuya selección no despertaba curiosidad.
Ahora le creo a mi amigo abogado cuando me dijo que era tal vez la mejor comida española. Calificación: cuatro lenguas y media :P :P :P :P :p
lunes, 25 de mayo de 2009
Restaurante La Boquería de Barcelona Viva
Ubicado en el primer nivel del Hotel Mercure, Edificio Casa Veranda, local 7, 12 calle 1-24 zona 10, teléfono 23602934, 52277829, 54852499.
La trilogía del colesterol, parte II
Dentro del compacto edificio Casa Veranda, donde está el hotel Mercure, me escurrí en mi automóvil dentro del estrecho sótano hasta llegar al nivel -3 y parquearme con tranquilidad. Subí a un elevador igual de abreviado y me dirigí al lobby. Perdí totalmente el sentido de la orientación, pero afortunadamente el lugar está lo suficientemente bien señalizado para encontrar este maravilloso lugar que se llama La Boquería de Barcelona Viva.
Un local revestido de piedra, de atmósfera seria pero agradable, recibe a los comensales para llevarles a una vista casi a ras del suelo de la primera avenida de la zona 10. Los ventanales son amplios, de PVC, y tienen impresos los escudos de las distintas regiones autonómicas (o no autonómicas, yo de eso la verdad no sé nada) de España y también el escudo de Guatemala.
El menú describe la historia del restaurante La Boquería que existía (así lo entendí, en pretérito imperfecto del indicativo) en la Antigua Guatemala y que luego se asienta en el nuevo local en la zona 10. El servicio es muy bueno y el ambiente del lugar sería más convincente si no tuviera las TV de pantalla plana que tanto me irritan. Al menos aquí estaban dispuestas con más discresión que en otros lugares.
El bocadillo de cortesía son panitos con tomate, tipo bruschetta. ¡Excepcionales!; ¡deliciosos! y ¡gratis! Un magnífico augurio para lo que habría de venir.
De entrada pedí un paté de hígado de oca, que así le llaman al ganzo. Me lo sirvieron con una mermelada de tomate y pimientos. Estaba más o menos. No es una entrada que volvería a pedir. No tiene el aroma lo suficientemente delicado como para convencerme.
El plato fuerte fue una maravilla: lechón a la asturiana. Suficiente para compartir entre dos personas (que no sean muy comilonas, eso sí), el lechón es toda una delicia. Lo sirven de manera sencilla: cuatro piezas en una cazuela sin mayor adorno, con una discreta salsa en el fondo.
La diversidad de texturas, que van de lo tostado del cuero a lo gelatinoso del gordito, combinado con los aromas y la salsa que no competía para nada, sino reforzaba el plato de manera muy convincente; todo ello constituyó una experiencia suculenta. Las opciones de guarnición eran vegetales, arroz o papas fritas. Como se trataba de despedirme del colesterol, pedí las papas fritas. Estaban bien, pero tuve que pedir ketchup para acompañarlas, pues no tenían ninguna salsa que las aderezara.
Mi postre fue un flan. Muy bien hecho, fresco y llamativo.
Una experiencia deliciosa, la Boquería parece que será uno de mis lugares favoritos cada vez que me autorice una dosis extra de colesterol. Me cuidaré de no ir un día que haya partido de fut, pues con las TVs me imagino que el ambiente se transforma en tribuna de algún equipo español. Calificación: cuatro lenguas y media :P :P :P :P :p
La trilogía del colesterol, parte II
Dentro del compacto edificio Casa Veranda, donde está el hotel Mercure, me escurrí en mi automóvil dentro del estrecho sótano hasta llegar al nivel -3 y parquearme con tranquilidad. Subí a un elevador igual de abreviado y me dirigí al lobby. Perdí totalmente el sentido de la orientación, pero afortunadamente el lugar está lo suficientemente bien señalizado para encontrar este maravilloso lugar que se llama La Boquería de Barcelona Viva.
Un local revestido de piedra, de atmósfera seria pero agradable, recibe a los comensales para llevarles a una vista casi a ras del suelo de la primera avenida de la zona 10. Los ventanales son amplios, de PVC, y tienen impresos los escudos de las distintas regiones autonómicas (o no autonómicas, yo de eso la verdad no sé nada) de España y también el escudo de Guatemala.
El menú describe la historia del restaurante La Boquería que existía (así lo entendí, en pretérito imperfecto del indicativo) en la Antigua Guatemala y que luego se asienta en el nuevo local en la zona 10. El servicio es muy bueno y el ambiente del lugar sería más convincente si no tuviera las TV de pantalla plana que tanto me irritan. Al menos aquí estaban dispuestas con más discresión que en otros lugares.
El bocadillo de cortesía son panitos con tomate, tipo bruschetta. ¡Excepcionales!; ¡deliciosos! y ¡gratis! Un magnífico augurio para lo que habría de venir.
De entrada pedí un paté de hígado de oca, que así le llaman al ganzo. Me lo sirvieron con una mermelada de tomate y pimientos. Estaba más o menos. No es una entrada que volvería a pedir. No tiene el aroma lo suficientemente delicado como para convencerme.
El plato fuerte fue una maravilla: lechón a la asturiana. Suficiente para compartir entre dos personas (que no sean muy comilonas, eso sí), el lechón es toda una delicia. Lo sirven de manera sencilla: cuatro piezas en una cazuela sin mayor adorno, con una discreta salsa en el fondo.
La diversidad de texturas, que van de lo tostado del cuero a lo gelatinoso del gordito, combinado con los aromas y la salsa que no competía para nada, sino reforzaba el plato de manera muy convincente; todo ello constituyó una experiencia suculenta. Las opciones de guarnición eran vegetales, arroz o papas fritas. Como se trataba de despedirme del colesterol, pedí las papas fritas. Estaban bien, pero tuve que pedir ketchup para acompañarlas, pues no tenían ninguna salsa que las aderezara.
Mi postre fue un flan. Muy bien hecho, fresco y llamativo.
Una experiencia deliciosa, la Boquería parece que será uno de mis lugares favoritos cada vez que me autorice una dosis extra de colesterol. Me cuidaré de no ir un día que haya partido de fut, pues con las TVs me imagino que el ambiente se transforma en tribuna de algún equipo español. Calificación: cuatro lenguas y media :P :P :P :P :p
miércoles, 20 de mayo de 2009
Restaurante David Crockett
Ubicado en la 5a avenida 16-28 zona 10, teléfono 2368 1845, 2366 4790
La trilogía del colesterol, parte I
Mis resultados de colesterol, como los de todo el mundo, me requerirán abstenerme de comer de la manera en que lo he hecho últimamente. Para despedirme de ese estilo de vida, qué mejor que comer las carnes rojas y grasosas más suculentas, antes de empezar una dieta a base de granos y raíces, como que soy ermitaño en los Himalayas. Así como otros escalan las siete cumbres más altas del mundo, o visitan los sagrarios para Semanasanta antes de finalizar la abstinencia (vaya saber usted de qué), yo me di a la tarea de darle a mis arterias tres buenas dosis de colesterol previo a someterme a una rigurosa dieta. Fue así como decidí ir al Restaurante David Crockett.
David Crockett fue un héroe de la batalla del Álamo, bastante desconocido en Latinoamérica. Es inexplicable por qué le pondrían así a un restaurante. Entiendo que también existen estos locales en República Dominicana y en España. El lugar no es nada pretencioso en cuanto a decoración, aunque sí tiene una atmósfera de exclusivo, tal vez por que mantienen la puerta peatonal cerrada todo el tiempo y los cristales de las ventanas son obscuros. Tiene ese piso de granito blanco muy de moda en los 70, paredes con páneles de madera fina y varias cabezas de venados colgadas en las paredes que evocan un bosque frío.
Los meseros están impecablemente bien entrenados, y el servicio es magnífico. Había escuchado que en este lugar sirven el Kobe stake. Después de investigar un poco, y por la referencia al ganado "angus" de la carta, creo que es más bien Kobe-style, pero no estoy seguro. La carta describe los cortes de carne y lo exclusivo de su origen. Supongo que un corte así de fino sería el broche de oro para mi primer pico de colesterol.
La descripción del Kobe, que se encuentra en las penúltimas hojas del menú, es la apología de la carne asada. Indica que las reses de las que se extrae este corte gozan de masajes con agua, se alimentan de maíz orgánico y uvas, toman abundante cerveza y son sacrificadas mientras escuchan música clásica. Mmmm...vamos a ver, cerveza, masajes, uvas y música clásica...si esto hace que la carne sea buena, me imagino que mi tía Maruja ya va dando el punto para el matadero...
La única pieza "clásica" que se me viene a la mente para ambientar un rastro es la "danza del sable" que es aplicable básicamente a todas las líneas de producción.(http://www.youtube.com/watch?v=eUFWaauGPCs&feature=related)
El precio del Kobe stake es verdaderamente único, también. Cuesta Q595 el corte de 10 onzas. Sí, es correcto, Q 595, o bien $75. Bueno, seguramente el matadero lo ameniza en vivo la orquesta de la Academia de Saint Martin in the Fields, y por eso el precio. En todo caso, si voy a comer avena por el resto del año, me imagino que me puedo dar este gusto, ¿no? Además, si eso me dan por cada 10 onzas de mi tía, ¡ya me hice rico!
Pues resulta que no me pude dar el gusto. Cuando pregunté por el Kobe stake, el mesero hizo casi una genuflexión, como implorándole a algún Gran Visir que no le corte la cabeza. Ganas no me faltaron. Resulta que ¡NO HABÍA KOBE STAKE!... mis arterias respiraron de alivio, igual que mi tarjeta de crédito. Tuve que conformarme con un rib-eye de angus negro.
El rib-eye estaba bastante bueno, pero no me lo sirvieron recién salido de la parrilla y en un plato que no estaba pre-calentado, por lo que se enfrió muy rápido y tuve que pedir que lo recalentaran. Reitero que el corte de carne estaba muy bueno, jugoso, aromático, bien logrado. Pero estaba servido en un plato bastante desabrigado, con un par de rodajas de tomate ciruelo de adorno. Lo acompañé con una ensalada mixta (lechuga, tomate, cebolla y aguacate).
De postre ordené crepes de nutella. Bastante mejor presentado que el stake, el postre estaba bien, aunque con una mácula consistente en jarabe de chocolate comercial. Me pareció que el toque de chocolate que completaba el adorno, era de algún sirope sacado de un bote plástico.
Pues ni modo, tendré que esperar a que mi colesterol baje a niveles extra-saludables para regresar y ver si ya se encuentra el Kobe stake. Mientras tanto ahorraré. Por una comida con algunos destellos agradables, pero por lo demás ordinaria, al Restaurante David Crockett le asigno tres lenguas :P :P :P
La trilogía del colesterol, parte I
Mis resultados de colesterol, como los de todo el mundo, me requerirán abstenerme de comer de la manera en que lo he hecho últimamente. Para despedirme de ese estilo de vida, qué mejor que comer las carnes rojas y grasosas más suculentas, antes de empezar una dieta a base de granos y raíces, como que soy ermitaño en los Himalayas. Así como otros escalan las siete cumbres más altas del mundo, o visitan los sagrarios para Semanasanta antes de finalizar la abstinencia (vaya saber usted de qué), yo me di a la tarea de darle a mis arterias tres buenas dosis de colesterol previo a someterme a una rigurosa dieta. Fue así como decidí ir al Restaurante David Crockett.
David Crockett fue un héroe de la batalla del Álamo, bastante desconocido en Latinoamérica. Es inexplicable por qué le pondrían así a un restaurante. Entiendo que también existen estos locales en República Dominicana y en España. El lugar no es nada pretencioso en cuanto a decoración, aunque sí tiene una atmósfera de exclusivo, tal vez por que mantienen la puerta peatonal cerrada todo el tiempo y los cristales de las ventanas son obscuros. Tiene ese piso de granito blanco muy de moda en los 70, paredes con páneles de madera fina y varias cabezas de venados colgadas en las paredes que evocan un bosque frío.
Los meseros están impecablemente bien entrenados, y el servicio es magnífico. Había escuchado que en este lugar sirven el Kobe stake. Después de investigar un poco, y por la referencia al ganado "angus" de la carta, creo que es más bien Kobe-style, pero no estoy seguro. La carta describe los cortes de carne y lo exclusivo de su origen. Supongo que un corte así de fino sería el broche de oro para mi primer pico de colesterol.
La descripción del Kobe, que se encuentra en las penúltimas hojas del menú, es la apología de la carne asada. Indica que las reses de las que se extrae este corte gozan de masajes con agua, se alimentan de maíz orgánico y uvas, toman abundante cerveza y son sacrificadas mientras escuchan música clásica. Mmmm...vamos a ver, cerveza, masajes, uvas y música clásica...si esto hace que la carne sea buena, me imagino que mi tía Maruja ya va dando el punto para el matadero...
La única pieza "clásica" que se me viene a la mente para ambientar un rastro es la "danza del sable" que es aplicable básicamente a todas las líneas de producción.(http://www.youtube.com/watch?v=eUFWaauGPCs&feature=related)
El precio del Kobe stake es verdaderamente único, también. Cuesta Q595 el corte de 10 onzas. Sí, es correcto, Q 595, o bien $75. Bueno, seguramente el matadero lo ameniza en vivo la orquesta de la Academia de Saint Martin in the Fields, y por eso el precio. En todo caso, si voy a comer avena por el resto del año, me imagino que me puedo dar este gusto, ¿no? Además, si eso me dan por cada 10 onzas de mi tía, ¡ya me hice rico!
Pues resulta que no me pude dar el gusto. Cuando pregunté por el Kobe stake, el mesero hizo casi una genuflexión, como implorándole a algún Gran Visir que no le corte la cabeza. Ganas no me faltaron. Resulta que ¡NO HABÍA KOBE STAKE!... mis arterias respiraron de alivio, igual que mi tarjeta de crédito. Tuve que conformarme con un rib-eye de angus negro.
El rib-eye estaba bastante bueno, pero no me lo sirvieron recién salido de la parrilla y en un plato que no estaba pre-calentado, por lo que se enfrió muy rápido y tuve que pedir que lo recalentaran. Reitero que el corte de carne estaba muy bueno, jugoso, aromático, bien logrado. Pero estaba servido en un plato bastante desabrigado, con un par de rodajas de tomate ciruelo de adorno. Lo acompañé con una ensalada mixta (lechuga, tomate, cebolla y aguacate).
De postre ordené crepes de nutella. Bastante mejor presentado que el stake, el postre estaba bien, aunque con una mácula consistente en jarabe de chocolate comercial. Me pareció que el toque de chocolate que completaba el adorno, era de algún sirope sacado de un bote plástico.
Pues ni modo, tendré que esperar a que mi colesterol baje a niveles extra-saludables para regresar y ver si ya se encuentra el Kobe stake. Mientras tanto ahorraré. Por una comida con algunos destellos agradables, pero por lo demás ordinaria, al Restaurante David Crockett le asigno tres lenguas :P :P :P
lunes, 11 de mayo de 2009
Restaurante La Cucina di Borgorotondo
Ubicado en Km. 14.5 Carretera a El Salvador, finca Villa Herminia, callejón llanos de lechuga, esquina residenciales Alta Loma, teléfono 57091441.
Cuando el término "comida casera" se aplica en el buen sentido, es ineludible asociarlo con la calidez, la sencillez y autoridad que se encuentran en La Cucina. En medio de los residenciales y bosquecillos de Muxbal, se encuentra este tesoro escondido de la comunidad italiana.
Un lugar difícil de encontrar. Lo mejor es ir con alguien que conozca, mejor si es un italiano. No es un lugar comercial ni mucho menos. Un encantador local con tres espacios de parqueo y un gran mural con motivos boloñeses son suficientes para recibir a los comensales que buscan el auténtico sabor del norte de Italia.
Los platillos que yo probé fueron: un plato di fromaggi misti, una piadina, melanzane alla parmigiana, gramigna con salsiccia y ensalada capresse. De postre, un tiramisú.
El queso dominante en el plato di fromaggi, la melanzane y la capresse fue, por su puesto, el mozzarella. Un queso destacado, fresco, versátil. Con un poco de aceite de oliva y pimienta recién molida, resulta en un bocado maravilloso. La piadina era una especie de tortilla de harina tostada, muy aromática, excelente para acompañar los quesos.
La melanzane, berenjena, estaba espectacular. Un punto de cocimiento perfecto, una consistencia insuperable y un feliz casamiento con queso. Un plato extraordinariamente bien logrado, sin excesos ni pretensiones, fruto simplemente de la generosidad y honestidad de una buena cocina.
La gramigna era una pasta con forma de bastón que no había visto antes y estaba servida con salchicha artesanal nada mantecosa y de impresionante carácter. Este plato me mostró cándidamente la importancia de ponerle pimienta recién molida a la pasta junto antes de servirla. Los platos de pasta no son particularmente abundantes: si va a pedir unos tortellini, prepárese para una comida breve. Si quiere algo un tanto más convincente a la vista, el tortelloni le vendrá mejor. Tienen un horno de ladrillo, que estaba apagado el día de mi visita, pero considero que en él se han de preparar pizzas muy convincentes.
También probé el ossobucco. Muy bien aromatizado con limón y aderezado con zanahora recién rayada y salsa de tomate.
El tiramisú que tuve de postre fue el mejor que he probado. La crema batida era firme, muy cremosa, al punto que se sentía arenosa, dando una textura adicional al multifacético tiramisú.
Por ser una excelente muestra de los alcances de la comida casera y auténtica, la Cucina di Borgorotondo se merece cuatro lenguas :P :P :P :P
Cuando el término "comida casera" se aplica en el buen sentido, es ineludible asociarlo con la calidez, la sencillez y autoridad que se encuentran en La Cucina. En medio de los residenciales y bosquecillos de Muxbal, se encuentra este tesoro escondido de la comunidad italiana.
Un lugar difícil de encontrar. Lo mejor es ir con alguien que conozca, mejor si es un italiano. No es un lugar comercial ni mucho menos. Un encantador local con tres espacios de parqueo y un gran mural con motivos boloñeses son suficientes para recibir a los comensales que buscan el auténtico sabor del norte de Italia.
Los platillos que yo probé fueron: un plato di fromaggi misti, una piadina, melanzane alla parmigiana, gramigna con salsiccia y ensalada capresse. De postre, un tiramisú.
El queso dominante en el plato di fromaggi, la melanzane y la capresse fue, por su puesto, el mozzarella. Un queso destacado, fresco, versátil. Con un poco de aceite de oliva y pimienta recién molida, resulta en un bocado maravilloso. La piadina era una especie de tortilla de harina tostada, muy aromática, excelente para acompañar los quesos.
La melanzane, berenjena, estaba espectacular. Un punto de cocimiento perfecto, una consistencia insuperable y un feliz casamiento con queso. Un plato extraordinariamente bien logrado, sin excesos ni pretensiones, fruto simplemente de la generosidad y honestidad de una buena cocina.
La gramigna era una pasta con forma de bastón que no había visto antes y estaba servida con salchicha artesanal nada mantecosa y de impresionante carácter. Este plato me mostró cándidamente la importancia de ponerle pimienta recién molida a la pasta junto antes de servirla. Los platos de pasta no son particularmente abundantes: si va a pedir unos tortellini, prepárese para una comida breve. Si quiere algo un tanto más convincente a la vista, el tortelloni le vendrá mejor. Tienen un horno de ladrillo, que estaba apagado el día de mi visita, pero considero que en él se han de preparar pizzas muy convincentes.
También probé el ossobucco. Muy bien aromatizado con limón y aderezado con zanahora recién rayada y salsa de tomate.
El tiramisú que tuve de postre fue el mejor que he probado. La crema batida era firme, muy cremosa, al punto que se sentía arenosa, dando una textura adicional al multifacético tiramisú.
Por ser una excelente muestra de los alcances de la comida casera y auténtica, la Cucina di Borgorotondo se merece cuatro lenguas :P :P :P :P
domingo, 10 de mayo de 2009
Restaurante Clio's
Ubicado en la 4a avenida, 12-59 zona 10, Plaza Fontabella, locales 14 y 15B. Teléfono 23366948.
El día de la madre se pueden encontrar escenas muy cómicas por toda la ciudad. Los restaurantes, especialmente los de carne asada, están llenos a reventar. Parece que a las madres les gusta mucho la carne roja, o al menos eso creen sus hijos. Lo gracioso es que a la hora de la hora las madres en los restaurantes de steak terminan pidiendo pollo.
En las mesas de casi todos los restaurantes se pueden ver cómo los distintos comensales comparten los rasgos físicos de la matriarca agasajada. Hay muchos más niños y ancianos en los restaurantes y el parqueo es insufrible.
Después de recorrer la zona 10, finalmente encontré un lugar lo suficientemente interesante para almorzar. Mis compromisos del día de la madre habían sido cumplidos un día antes, por lo que me encontraba libre para ir a otros lugares que no fueran de carne asada. Así encontré este compacto lugar llamado Clio's. Clío, como ustedes saben, es la musa de la historia y las epopeyas.
El lugar está decorado con un indiscutible buen gusto, recordando la Europa occidental de la primera mitad del siglo XX, un tanto suntuoso para mí, pero excelentemente bien concebido. No tiene evocaciones históricas como para hacerle honor a Clío, pero eso es lo de menos.
Me sentaron en la mejor mesa posible: la que tiene vista directa a la cocina. Podía ver a los meseros haciendo fila para recoger los platos, al chef y sus cocineros colocando los últimos toques a sus creaciones, y presencié algunas indiscreciones de las que generalmente no se enteran los comensales.
El menú está en un pequeño cuaderno de cuero, escrito en francés con explicación en español. Los platos no son exorbitantemente caros y presentan un equilibrio entre carne roja (lomito, cordero) y pescado. El bocadillo de cortesía es pan, que el mesero presenta en cuatro estilos para escoger, y mantequilla, muy bien compuesta con albahaca verde.
Pedí un paté de hígado de pollo y un pargo ahumado. Mientras esperaba entre los almendrones de las lámparas y la guata que forraba las paredes, podía ver los muchos meseros circulando apresuradamente para atender a una clientela bastante exigente. Tanto así que en uno de tantos vaivenes, la hostess se acercó a la cocina para decirle al chef: "de la mesa tal te quieren hablar...dicen que te quieren hacer una recomendación". Tuve que contener mi risa y mi morbo, pues me moría de ganas por saber qué le querían "recomendar" al chef, que bien podría pasar por un skater de 25 años.
Me llevaron primero el pargo ahumado. Una excelente presentación. Tres lonchas de pescado, aún con la piel, atravezadas por unos filamentos dorados, cuyo origen no determiné, sobre un puré de papas y unas hojas de espinaca tierna, todo asentado en una cama de rodajas de remolacha asada muy delgadas. El sabor lo planteaba vigorosamente una "vinagreta de horseradish" como decía el menú. Esta vinagreta, muy similar al wasabe, combinaba muy bien con el resto del plato, pero (lástima que hubo un pero) me parece que arrollaba el aroma del pescado.
El aroma del pescado estaba muy bien logrado, además las lonchas estaban en un excelente punto de cocimiento. Sin embargo, al no haber otros ingredientes que reforzaran ese aroma, la vinagreta de wasabe resultó dominando más de la cuenta. A pesar de esta mácula, el plato era sumamente atractivo y exitoso.
El paté de pollo no era el mejor que he probado, pero estaba bien. Servido sobre un poco (tal vez demasiado poco) de salsa de saúco, acompañado por mostaza dijon y un sutil pepinillo, fue un plato entretenido y agradable.
Pedí de postre un gateaux relleno de mousse de chocolate y merengue de avellanas. Creo que la raíz de gateaux es la misma que la palabra "pastel", pero vaya usted a saber. El punto es que el pastelito de chocolate fue una muy agradable manera de terminar la comida. Firme por fuera, con capas de densidad y consistencia variada, acompañado de una seductora frambuesa y una lámina de fresa, fue una verdadera delicia. Lo acompañé con un té de verbena y hierbas suizas. Ese té lo sirven en una jarrilla francesa para café: una excelente combinación de hierbas.
Bien pude haber preguntado por el chef para felicitarlo, pero cuando regresó de recibir la "recomendación" de otros comensales escuché que dijo claramente "ya no quiero hablar con nadie más".
Ahh, qué le vamos a hacer, un restaurante con un concepto tan exclusivo te traerá clientela que no piensa dos veces en hacer llamar al chef. Gajes del oficio. Calificación: cuatro lenguas y media :P :P :P :P :p
El día de la madre se pueden encontrar escenas muy cómicas por toda la ciudad. Los restaurantes, especialmente los de carne asada, están llenos a reventar. Parece que a las madres les gusta mucho la carne roja, o al menos eso creen sus hijos. Lo gracioso es que a la hora de la hora las madres en los restaurantes de steak terminan pidiendo pollo.
En las mesas de casi todos los restaurantes se pueden ver cómo los distintos comensales comparten los rasgos físicos de la matriarca agasajada. Hay muchos más niños y ancianos en los restaurantes y el parqueo es insufrible.
Después de recorrer la zona 10, finalmente encontré un lugar lo suficientemente interesante para almorzar. Mis compromisos del día de la madre habían sido cumplidos un día antes, por lo que me encontraba libre para ir a otros lugares que no fueran de carne asada. Así encontré este compacto lugar llamado Clio's. Clío, como ustedes saben, es la musa de la historia y las epopeyas.
El lugar está decorado con un indiscutible buen gusto, recordando la Europa occidental de la primera mitad del siglo XX, un tanto suntuoso para mí, pero excelentemente bien concebido. No tiene evocaciones históricas como para hacerle honor a Clío, pero eso es lo de menos.
Me sentaron en la mejor mesa posible: la que tiene vista directa a la cocina. Podía ver a los meseros haciendo fila para recoger los platos, al chef y sus cocineros colocando los últimos toques a sus creaciones, y presencié algunas indiscreciones de las que generalmente no se enteran los comensales.
El menú está en un pequeño cuaderno de cuero, escrito en francés con explicación en español. Los platos no son exorbitantemente caros y presentan un equilibrio entre carne roja (lomito, cordero) y pescado. El bocadillo de cortesía es pan, que el mesero presenta en cuatro estilos para escoger, y mantequilla, muy bien compuesta con albahaca verde.
Pedí un paté de hígado de pollo y un pargo ahumado. Mientras esperaba entre los almendrones de las lámparas y la guata que forraba las paredes, podía ver los muchos meseros circulando apresuradamente para atender a una clientela bastante exigente. Tanto así que en uno de tantos vaivenes, la hostess se acercó a la cocina para decirle al chef: "de la mesa tal te quieren hablar...dicen que te quieren hacer una recomendación". Tuve que contener mi risa y mi morbo, pues me moría de ganas por saber qué le querían "recomendar" al chef, que bien podría pasar por un skater de 25 años.
Me llevaron primero el pargo ahumado. Una excelente presentación. Tres lonchas de pescado, aún con la piel, atravezadas por unos filamentos dorados, cuyo origen no determiné, sobre un puré de papas y unas hojas de espinaca tierna, todo asentado en una cama de rodajas de remolacha asada muy delgadas. El sabor lo planteaba vigorosamente una "vinagreta de horseradish" como decía el menú. Esta vinagreta, muy similar al wasabe, combinaba muy bien con el resto del plato, pero (lástima que hubo un pero) me parece que arrollaba el aroma del pescado.
El aroma del pescado estaba muy bien logrado, además las lonchas estaban en un excelente punto de cocimiento. Sin embargo, al no haber otros ingredientes que reforzaran ese aroma, la vinagreta de wasabe resultó dominando más de la cuenta. A pesar de esta mácula, el plato era sumamente atractivo y exitoso.
El paté de pollo no era el mejor que he probado, pero estaba bien. Servido sobre un poco (tal vez demasiado poco) de salsa de saúco, acompañado por mostaza dijon y un sutil pepinillo, fue un plato entretenido y agradable.
Pedí de postre un gateaux relleno de mousse de chocolate y merengue de avellanas. Creo que la raíz de gateaux es la misma que la palabra "pastel", pero vaya usted a saber. El punto es que el pastelito de chocolate fue una muy agradable manera de terminar la comida. Firme por fuera, con capas de densidad y consistencia variada, acompañado de una seductora frambuesa y una lámina de fresa, fue una verdadera delicia. Lo acompañé con un té de verbena y hierbas suizas. Ese té lo sirven en una jarrilla francesa para café: una excelente combinación de hierbas.
Bien pude haber preguntado por el chef para felicitarlo, pero cuando regresó de recibir la "recomendación" de otros comensales escuché que dijo claramente "ya no quiero hablar con nadie más".
Ahh, qué le vamos a hacer, un restaurante con un concepto tan exclusivo te traerá clientela que no piensa dos veces en hacer llamar al chef. Gajes del oficio. Calificación: cuatro lenguas y media :P :P :P :P :p
martes, 5 de mayo de 2009
Restaurante Celeste Imperio
Ubicado en la 7avenida y 10 calle zona 9, teléfono 23310940.
El Restaurante Celeste Imperio fue muy significativo en mi niñez. Era un lugar donde la familia extendida se reunía en grandes banquetes para celebrar ocasiones especiales. Con mis primos jugábamos en los jardines después de comer, haciendo un gran escándalo que en más de una vez molestó a los otros comensales.
Mucho tiempo ha pasado desde entonces, pero el Celeste Imperio sigue siendo un referente importante en cuanto a la comida cantonesa. Ahora que la comida cantonesa se ha transformado en comida rápida en los centros comerciales, creo que los restaurantes más serios deben ser más atrevidos en sus menús.
En mi más reciente visita al Celeste Imperio hice lo que no muchas personas conocen: pedí el menú "especial". Este menú es el que contiene las cosas verdaderamente deliciosas, y de precios más elevados también. Como muchos de esos platos tardan mucho tiempo en prepararse, hay que pedirlos con anticipación de al menos un día.
Mi orden fue de un pescado relleno y tartaritas de huevo rellenas de pollo y camarones. Regresé cuatro días después a degustar mi orden.
El pescado relleno es una obra de arte. Es una escultura hecha con la carne de pescado, trocitos de lup chong y otras delicadezas. El pescado se reconstruye y se le pone la piel de nuevo y se sirve con una salsa como de frijol de soya amarillo, cebollines picados, cilantro y jengibre. Tiene una consistencia maravillosa. El que me sirvieron no estaba particularmente fresco, pero aun así lo disfruté mucho.
Las tartaritas o empanadas de huevo también son una delicadeza. Son como mini omelettes rellenos de pollo y camarón, servidas con brócoli y una salsa de clara de huevo.
Ambos platos carecen de aromas fuertes o provocadores. Más bien son pacíficos, generosos y delicados. Así como estos, hay otros tesoros en el magnífico menú especial del Celeste Imperio.
Como todo restaurante de comida china de larga trayectoria, el Celeste Imperio no se ha librado de lo que más bien incorrectamente me gusta llamar "la influencia decorativa de la cevichería escuintleca". Es decir, darle a un ambiente respetable de restaurante con mantel, un toque cervecero, con TVs de pantalla plana en cada esquina para ver partidos de fut.
El lugar no es lujoso ni pretencioso y padece de TVs. El servicio es decente y la comida, si se la sabe escoger, es simplemente maravillosa. Calificación: tres lenguas y media :P :P :P :p
El Restaurante Celeste Imperio fue muy significativo en mi niñez. Era un lugar donde la familia extendida se reunía en grandes banquetes para celebrar ocasiones especiales. Con mis primos jugábamos en los jardines después de comer, haciendo un gran escándalo que en más de una vez molestó a los otros comensales.
Mucho tiempo ha pasado desde entonces, pero el Celeste Imperio sigue siendo un referente importante en cuanto a la comida cantonesa. Ahora que la comida cantonesa se ha transformado en comida rápida en los centros comerciales, creo que los restaurantes más serios deben ser más atrevidos en sus menús.
En mi más reciente visita al Celeste Imperio hice lo que no muchas personas conocen: pedí el menú "especial". Este menú es el que contiene las cosas verdaderamente deliciosas, y de precios más elevados también. Como muchos de esos platos tardan mucho tiempo en prepararse, hay que pedirlos con anticipación de al menos un día.
Mi orden fue de un pescado relleno y tartaritas de huevo rellenas de pollo y camarones. Regresé cuatro días después a degustar mi orden.
El pescado relleno es una obra de arte. Es una escultura hecha con la carne de pescado, trocitos de lup chong y otras delicadezas. El pescado se reconstruye y se le pone la piel de nuevo y se sirve con una salsa como de frijol de soya amarillo, cebollines picados, cilantro y jengibre. Tiene una consistencia maravillosa. El que me sirvieron no estaba particularmente fresco, pero aun así lo disfruté mucho.
Las tartaritas o empanadas de huevo también son una delicadeza. Son como mini omelettes rellenos de pollo y camarón, servidas con brócoli y una salsa de clara de huevo.
Ambos platos carecen de aromas fuertes o provocadores. Más bien son pacíficos, generosos y delicados. Así como estos, hay otros tesoros en el magnífico menú especial del Celeste Imperio.
Como todo restaurante de comida china de larga trayectoria, el Celeste Imperio no se ha librado de lo que más bien incorrectamente me gusta llamar "la influencia decorativa de la cevichería escuintleca". Es decir, darle a un ambiente respetable de restaurante con mantel, un toque cervecero, con TVs de pantalla plana en cada esquina para ver partidos de fut.
El lugar no es lujoso ni pretencioso y padece de TVs. El servicio es decente y la comida, si se la sabe escoger, es simplemente maravillosa. Calificación: tres lenguas y media :P :P :P :p
lunes, 20 de abril de 2009
Restaurante La Gastroteca
Ubicado en la 10 avenida 7-38 zona 10
El restaurante la Gastroteca se ubica en el mismo lugar donde alguna vez estuvo el restaurante Q'iu. Q'iu era una propuesta interesante del uso de ingredientes tradicionales guatemaltecos (lorocos, punta de güisquil) con técnicas europeas (risotto, por ejemplo). Lo que me parecía fascinante del lugar era el bocadillo de cortesía, que consistía en pan presentado en una macetita de barro acompañado de vinagre balsámico y una serie de aceites aromáticos, con sabores como carbón, chile, ajo, etc. Allí recuerdo haber tenido un altercado con el chef sobre la autenticidad de unas hilachas de cordero, y el chef con mucha caballerosidad hizo que no me cobraran el plato.
Regresando a la Gastroteca, el lugar conserva el planteamiento minimalista en la decoración que tenía Q'iu, lo que es una señal de preocupación para mí. El menú contiene una opción de degustaciones, pero no me pareció muy interesante, por lo que preferí pedir a la carta.
Como entrada pedí un paté de la casa con hígado de cerdo y pollo ahumado. ¿Suena bien, verdad? Sin embargo no llenó mis expectativas. Creo que el plato tenía dos errores. El primero era la preparación del paté. Le faltaba aroma. Tenía buena consistencia, y un color un tanto pálido para mi gusto pero aún así, interesante. Pero al comerlo estaba un poco insípido.
El segundo error, a mi juicio, fue la presentación. Tenía un poco de mostaza dijon, untada a un lado, un acompañamiento de pimientos, tomate y granos de maíz y dos tirabuzoncitos de una salsa de aceite y perejil, uno a cada costado del paté. A parte de que todo esto no relucía en un plato blanco, me resultó que ninguno de los acompañamientos ayudaba a realzar el paté, sino más bien enfatizaban su falta de aroma. La mostaza dijon era muy arrolladora y la alfalfa muy amarga (su sabor natural, pero que no favorecía al paté). El acompañamiento de pimientos era un poco más interesante. Estaba caliente, lo que ofrecía contraste con el paté, un punto a favor. El toque dulce del maíz también es algo rescatable. El pimiento, sin embargo, no estaba preparado a mi gusto. Lo sentí como en esos chirmoles que auténticamente no llevan pimiento, pero algún entusiasta se lo pone en demasía para acompañar huevos rancheros, resultando en una combinación forzada y artifical del tomate con el pimiento.
Mi plato fuerte fue una lengua de ternera glaseada en sus jugos. La presentación era la lengua enrollada a modo de torrecita sobre una base de papas majadas, en un plato blanco decorado con una salsa de romero color ocre, una crema de ajo y toques del aceite con perejil. La lengua estaba bañada con una especie de salsa morena. No me parecía que la combinación de colores fuera muy armoniosa. La salsa morena en la parte de arriba de la torrecita (seguramente los cocineros tendrán un término técnico para esta presentación, pero lo desconozco) tenía un suave amargor que denunciaba quemadura. La salsa de romero estaba bien aromatizada y con cierta personalidad distintiva, pero un poco escasa. Las papas estaban bien compuestas, fueron tal vez lo más exitoso de este plato. Probé otro plato fuerte: chamorro de cerdito, con una presentación bastante similar, sobre una cama de papas al romero muy atractivas, pero reseco por sobrecocimiento.
De postre pedí un Semifreddo de caramelo y almendra. Un helado que no es del todo cremoso, sino tiene una combinación muy intersante de partes duras y blandas, reforzada con almendras. Estaba decorado con una jalea de bayas, moras supongo, que tampoco son muy de mi gusto, pues su acidez, me parece, desluce los postres sutiles.
Esta no muy feliz experiencia fue alegrada por tres sorpresas. Resulta que entre la entrada y el plato fuerte me sirvieron dos aperitivos de cortesía y entre el plato fuerte y el postre me sirvieron un tercero. Los dos primeros fueron chicharrones caramelizados y un huevo escondido con puré de coliflor y hueva de pez volador. De nuevo, suena muy interesante, pero en cuanto al sabor no me convencieron. Los chicharrones eran un experimento curioso, pero nada más. El puré de coliflor no tenía aroma (más que el de la ruda coliflor) ni atractivo.
El tercer aperitivo, llamado "prepostre", fue mucho más satisfactorio. Era una curiosa gelatina de menta con manzana verde. La manzana no aportaba nada bueno, pero la gelatina era transparente y muy aromática.
Hubo una cuarta sorpresa: por haber pedido una orden extra de pan me cobraron Q10 adicionales.
Mi impresión general es que la comida pudo haber estado mucho mejor. Las técnicas y conceptos parecen tener buen potencial, pero quien las cocinó parece haberlo hecho sin mucho cuidado, sin dedicación. Es más, yo diría que, al menos el día de mi visita, en la cocina de la Gastroteca no había amor ni entusiasmo, sino drama y ansiedad, emociones que se manifiestan en la salsa de romero color ocre: quiere ser provocadora e interesante, pero al fin y alcabo resulta más bien histérica y necesitada (algo así como esa compañera de trabajo que estuvo enamorada de usted, ¿no?). Calificación: Tres lenguas :P :P :P
El restaurante la Gastroteca se ubica en el mismo lugar donde alguna vez estuvo el restaurante Q'iu. Q'iu era una propuesta interesante del uso de ingredientes tradicionales guatemaltecos (lorocos, punta de güisquil) con técnicas europeas (risotto, por ejemplo). Lo que me parecía fascinante del lugar era el bocadillo de cortesía, que consistía en pan presentado en una macetita de barro acompañado de vinagre balsámico y una serie de aceites aromáticos, con sabores como carbón, chile, ajo, etc. Allí recuerdo haber tenido un altercado con el chef sobre la autenticidad de unas hilachas de cordero, y el chef con mucha caballerosidad hizo que no me cobraran el plato.
Regresando a la Gastroteca, el lugar conserva el planteamiento minimalista en la decoración que tenía Q'iu, lo que es una señal de preocupación para mí. El menú contiene una opción de degustaciones, pero no me pareció muy interesante, por lo que preferí pedir a la carta.
Como entrada pedí un paté de la casa con hígado de cerdo y pollo ahumado. ¿Suena bien, verdad? Sin embargo no llenó mis expectativas. Creo que el plato tenía dos errores. El primero era la preparación del paté. Le faltaba aroma. Tenía buena consistencia, y un color un tanto pálido para mi gusto pero aún así, interesante. Pero al comerlo estaba un poco insípido.
El segundo error, a mi juicio, fue la presentación. Tenía un poco de mostaza dijon, untada a un lado, un acompañamiento de pimientos, tomate y granos de maíz y dos tirabuzoncitos de una salsa de aceite y perejil, uno a cada costado del paté. A parte de que todo esto no relucía en un plato blanco, me resultó que ninguno de los acompañamientos ayudaba a realzar el paté, sino más bien enfatizaban su falta de aroma. La mostaza dijon era muy arrolladora y la alfalfa muy amarga (su sabor natural, pero que no favorecía al paté). El acompañamiento de pimientos era un poco más interesante. Estaba caliente, lo que ofrecía contraste con el paté, un punto a favor. El toque dulce del maíz también es algo rescatable. El pimiento, sin embargo, no estaba preparado a mi gusto. Lo sentí como en esos chirmoles que auténticamente no llevan pimiento, pero algún entusiasta se lo pone en demasía para acompañar huevos rancheros, resultando en una combinación forzada y artifical del tomate con el pimiento.
Mi plato fuerte fue una lengua de ternera glaseada en sus jugos. La presentación era la lengua enrollada a modo de torrecita sobre una base de papas majadas, en un plato blanco decorado con una salsa de romero color ocre, una crema de ajo y toques del aceite con perejil. La lengua estaba bañada con una especie de salsa morena. No me parecía que la combinación de colores fuera muy armoniosa. La salsa morena en la parte de arriba de la torrecita (seguramente los cocineros tendrán un término técnico para esta presentación, pero lo desconozco) tenía un suave amargor que denunciaba quemadura. La salsa de romero estaba bien aromatizada y con cierta personalidad distintiva, pero un poco escasa. Las papas estaban bien compuestas, fueron tal vez lo más exitoso de este plato. Probé otro plato fuerte: chamorro de cerdito, con una presentación bastante similar, sobre una cama de papas al romero muy atractivas, pero reseco por sobrecocimiento.
De postre pedí un Semifreddo de caramelo y almendra. Un helado que no es del todo cremoso, sino tiene una combinación muy intersante de partes duras y blandas, reforzada con almendras. Estaba decorado con una jalea de bayas, moras supongo, que tampoco son muy de mi gusto, pues su acidez, me parece, desluce los postres sutiles.
Esta no muy feliz experiencia fue alegrada por tres sorpresas. Resulta que entre la entrada y el plato fuerte me sirvieron dos aperitivos de cortesía y entre el plato fuerte y el postre me sirvieron un tercero. Los dos primeros fueron chicharrones caramelizados y un huevo escondido con puré de coliflor y hueva de pez volador. De nuevo, suena muy interesante, pero en cuanto al sabor no me convencieron. Los chicharrones eran un experimento curioso, pero nada más. El puré de coliflor no tenía aroma (más que el de la ruda coliflor) ni atractivo.
El tercer aperitivo, llamado "prepostre", fue mucho más satisfactorio. Era una curiosa gelatina de menta con manzana verde. La manzana no aportaba nada bueno, pero la gelatina era transparente y muy aromática.
Hubo una cuarta sorpresa: por haber pedido una orden extra de pan me cobraron Q10 adicionales.
Mi impresión general es que la comida pudo haber estado mucho mejor. Las técnicas y conceptos parecen tener buen potencial, pero quien las cocinó parece haberlo hecho sin mucho cuidado, sin dedicación. Es más, yo diría que, al menos el día de mi visita, en la cocina de la Gastroteca no había amor ni entusiasmo, sino drama y ansiedad, emociones que se manifiestan en la salsa de romero color ocre: quiere ser provocadora e interesante, pero al fin y alcabo resulta más bien histérica y necesitada (algo así como esa compañera de trabajo que estuvo enamorada de usted, ¿no?). Calificación: Tres lenguas :P :P :P
jueves, 16 de abril de 2009
Restaurate Altuna
Ubicado en la 10a calle 0-45 zona 10, teléfono 2332-6576, 2331-7200
Altuna es un restaurante de tradición curiosa. Política y negocios le van mucho mejor que familia y amigos. El local original de la 5a avenida de la zona 1 era famoso por las reuniones de la Democracia Cristiana en los 80s.
Fue en ese local donde probé por primera vez la sopa pavesa. Recuerdo que iba con mi padre y después de la sopa pedimos paella, la que no pude terminar pues la sopa me llenó más de lo deseable. El dueño del restaurante se acercó a preguntarme si no me había gustado la paella. Le dije que no era eso, sino que me había llenado con la sopa. Por alguna razón, que hasta la fecha no entiendo, no me prepararon las sobras para llevar.
El local de la zona 10 tiene ya algunos años, y evoca un edificio público de buen gusto más que un restaurante. El techo alto de madera es impresionante. Las mesas están dispuestas con sobriedad y elegancia.
Instalado en mi mesa me entristeció ver en el menú que con la presentación de la tarjeta del banco G&T daban gratis unas croquetas. Me entristeció por que antes esas croquetas eran el bocadillo de cortesía, tuvieras o no esa tarjeta. Eran muy deliciosas. Yo solía llamarlas "bolitas misteriosas de Altuna" pues no tenía idea de cuáles eran sus ingredientes.
Ya que no me iban a dar mis bolitas misteriosas de cortesía, probé como entrada un plato de queso manchego. No estaba mal, aunque a mí el manchego me gusta un poco más seco de lo que me lo sirvieron, me gusta que se sienta cristalizado y crocante, éste estaba un poco chicloso para mi gusto. También probé los huevos bechamel, que para mi sorpresa no eran huevos sino croquetas, parecidas a las bolitas misteriosas que me eran familiares, pero no tan sabrosas.
Mi plato fuerte fue callos a la madrileña. La primera vez que comí callos, por allá por 1982, fue en un restaurante que se llamaba "Las Palmas". Quedé impresionado con los trocitos gelatinosos que me parecieron las cosas más deliciosas del mundo.
Por lo tanto, no podía pasar la oportunidad de pedirlos en Altuna, uno de los pocos lugares donde estoy al tanto de que los sirven. Mi plato de callos, que tardaron más de lo que me esperaba, tenía los tradicionales nervios gelatinosos, tiras de panza y discretas rodajas de chorizo copetín. Todo unido con una salsa de tomate de fuerte carácter, homogénea y briosa, galvanizada con medio jalapeño bien picante. La guarnición fue arroz de paella. A diferencia de otros arroces amarillos que he criticado severamente, este arroz de paella, si bien era amarillo, era bastante más jugoso que otros, lo que es un punto a favor.
Mientras degustaba el entretenido plato de callos, que incluía trocitos de hueso para mi deleite, me preguntaba: ¿por qué este plato no me cautiva? Esta impecablemente bien hecho, es generoso en tamaño, esta bien guarnecido...llegué a la conclusión de que era la salsa. De nuevo, una salsa muy bien hecha, pero al ser totalmente homogénea, lo que por cierto resulta muy apropiado en un plato así de variado, no despierta mi vena romántica.
Tal vez sea la misma razón por la que prefiero el merengue de Juan Luis Guerra por sobre la salsa de Oscar De León. En todo caso, aunque mi intuición me llama a sospechar de la autenticidad de la salsa, la verdad es que no tengo ninguna evidencia en su contra.
El postre fue una torreja española al anís. Y aquí me disculparán, pero las torrejas guatemaltecas son muy superiores. Mi torreja española estaba bien preparada, pero estaba aderezada con anís. Debo explicar qué quiero decir con esto.
Las salsas para los postres son típicamente tersas, de colores intensos, densas y envolventes. Esto no suele suceder con postres que son refritos o envueltos en huevo, que son de suyo pesados, pues con una salsa muy espesa no combinarían bien, razón por la cual generalmente se sirven con un almíbar ligero.
La torreja guatemalteca se sirve en una salsa de panela, cuya densidad puede variar dependiendo de los gustos y las tradiciones, pero es en sí una salsa oscura y aromatizada con varios elementos, como canela, clavo, jengibre y pimienta.
Esta torreja española me la hubiera esperado con almíbar, o algún jarabe interesante a base de anís como indicaba el menú. Sin embargo estaba acompañada por licor de anís. El licor es incoloro, transparente, sin densidad ni peso, habita listo en una botella, sólo para ser servido y ya. Por eso, cuando me llevaron la torreja sobre el charquito de licor de anís, me pareció una ligereza, un apresuramiento, un "échenle un poco de guaro y ya".
Tal vez esa es la gracia de esa torreja, pero por no estar yo acostumbrado, tal situación simplemente despertó mi malicia. Malicia que si la transporto a la salsa de los callos me llevaría a sospechar de tomatinas o pasta de tomate... pero ¿por qué mortificarme si la comida estuvo bastante buena?
El servicio también estuvo muy bien. Aquí el aparatito de los botones para llamar al mesero y pedir la cuenta, no son sólo más discretos que en otros lugares, sino también más efectivos...mucho más.
Una experiencia muy satisfactoria, Altuna conserva su tradición de buen servicio y calidad en la comida. Calificación: cuatro lenguas :P :P :P :P
Altuna es un restaurante de tradición curiosa. Política y negocios le van mucho mejor que familia y amigos. El local original de la 5a avenida de la zona 1 era famoso por las reuniones de la Democracia Cristiana en los 80s.
Fue en ese local donde probé por primera vez la sopa pavesa. Recuerdo que iba con mi padre y después de la sopa pedimos paella, la que no pude terminar pues la sopa me llenó más de lo deseable. El dueño del restaurante se acercó a preguntarme si no me había gustado la paella. Le dije que no era eso, sino que me había llenado con la sopa. Por alguna razón, que hasta la fecha no entiendo, no me prepararon las sobras para llevar.
El local de la zona 10 tiene ya algunos años, y evoca un edificio público de buen gusto más que un restaurante. El techo alto de madera es impresionante. Las mesas están dispuestas con sobriedad y elegancia.
Instalado en mi mesa me entristeció ver en el menú que con la presentación de la tarjeta del banco G&T daban gratis unas croquetas. Me entristeció por que antes esas croquetas eran el bocadillo de cortesía, tuvieras o no esa tarjeta. Eran muy deliciosas. Yo solía llamarlas "bolitas misteriosas de Altuna" pues no tenía idea de cuáles eran sus ingredientes.
Ya que no me iban a dar mis bolitas misteriosas de cortesía, probé como entrada un plato de queso manchego. No estaba mal, aunque a mí el manchego me gusta un poco más seco de lo que me lo sirvieron, me gusta que se sienta cristalizado y crocante, éste estaba un poco chicloso para mi gusto. También probé los huevos bechamel, que para mi sorpresa no eran huevos sino croquetas, parecidas a las bolitas misteriosas que me eran familiares, pero no tan sabrosas.
Mi plato fuerte fue callos a la madrileña. La primera vez que comí callos, por allá por 1982, fue en un restaurante que se llamaba "Las Palmas". Quedé impresionado con los trocitos gelatinosos que me parecieron las cosas más deliciosas del mundo.
Por lo tanto, no podía pasar la oportunidad de pedirlos en Altuna, uno de los pocos lugares donde estoy al tanto de que los sirven. Mi plato de callos, que tardaron más de lo que me esperaba, tenía los tradicionales nervios gelatinosos, tiras de panza y discretas rodajas de chorizo copetín. Todo unido con una salsa de tomate de fuerte carácter, homogénea y briosa, galvanizada con medio jalapeño bien picante. La guarnición fue arroz de paella. A diferencia de otros arroces amarillos que he criticado severamente, este arroz de paella, si bien era amarillo, era bastante más jugoso que otros, lo que es un punto a favor.
Mientras degustaba el entretenido plato de callos, que incluía trocitos de hueso para mi deleite, me preguntaba: ¿por qué este plato no me cautiva? Esta impecablemente bien hecho, es generoso en tamaño, esta bien guarnecido...llegué a la conclusión de que era la salsa. De nuevo, una salsa muy bien hecha, pero al ser totalmente homogénea, lo que por cierto resulta muy apropiado en un plato así de variado, no despierta mi vena romántica.
Tal vez sea la misma razón por la que prefiero el merengue de Juan Luis Guerra por sobre la salsa de Oscar De León. En todo caso, aunque mi intuición me llama a sospechar de la autenticidad de la salsa, la verdad es que no tengo ninguna evidencia en su contra.
El postre fue una torreja española al anís. Y aquí me disculparán, pero las torrejas guatemaltecas son muy superiores. Mi torreja española estaba bien preparada, pero estaba aderezada con anís. Debo explicar qué quiero decir con esto.
Las salsas para los postres son típicamente tersas, de colores intensos, densas y envolventes. Esto no suele suceder con postres que son refritos o envueltos en huevo, que son de suyo pesados, pues con una salsa muy espesa no combinarían bien, razón por la cual generalmente se sirven con un almíbar ligero.
La torreja guatemalteca se sirve en una salsa de panela, cuya densidad puede variar dependiendo de los gustos y las tradiciones, pero es en sí una salsa oscura y aromatizada con varios elementos, como canela, clavo, jengibre y pimienta.
Esta torreja española me la hubiera esperado con almíbar, o algún jarabe interesante a base de anís como indicaba el menú. Sin embargo estaba acompañada por licor de anís. El licor es incoloro, transparente, sin densidad ni peso, habita listo en una botella, sólo para ser servido y ya. Por eso, cuando me llevaron la torreja sobre el charquito de licor de anís, me pareció una ligereza, un apresuramiento, un "échenle un poco de guaro y ya".
Tal vez esa es la gracia de esa torreja, pero por no estar yo acostumbrado, tal situación simplemente despertó mi malicia. Malicia que si la transporto a la salsa de los callos me llevaría a sospechar de tomatinas o pasta de tomate... pero ¿por qué mortificarme si la comida estuvo bastante buena?
El servicio también estuvo muy bien. Aquí el aparatito de los botones para llamar al mesero y pedir la cuenta, no son sólo más discretos que en otros lugares, sino también más efectivos...mucho más.
Una experiencia muy satisfactoria, Altuna conserva su tradición de buen servicio y calidad en la comida. Calificación: cuatro lenguas :P :P :P :P
domingo, 12 de abril de 2009
Restaurante TGI Friday's
Ubicado en el centro comercial Pradera Concepción
Este lugar es el altar de la cultura pop estadounidense. Con cada afiche, cada muñequito y no digamos con la música del lugar, te recordarán de que nuestra niñez, nuestra adolescencia y mucho de nuestra vida adulta estuvieron influenciadas, inspiradas o al menos severamente expuestas a los iconos, comprendidos o tergiversados, de Hollywood.
La rapidez en el servicio caraceriza a la cultura estadounidense tanto como la displicencia a la francesa, pero en realidad ambas no son más que mitos. Al menos eso fue lo que pude verificar en mi visita a Friday's. En cada mesa tienen un aparatito con un botón para que te atiendan, pero en mi caso hubiera sido más útil para tirárselo en la cabeza al mesero para ver si así me ponía algo de atención.
La falta de atención fue recurrente, y cuando al fin me llevaron mi plato, al menos pude olvidar por un momento esa gruesa deficiencia para enfocarme en otras. Mi orden consistió en un "southwest adobo chicken", un plato más o menos generoso (medio pollo) por un precio no muy alto. Decía el menú que ese pollo estaba sasonado con chimichurri brasileño. Pues me imagino que el ingrediente secreto del chimichurri en Brasil ha de ser "antimateria" por que no sabía a nada. Probablemente era la vejez de los ingredientes o la técnica tipo "comida rápida" pero el tal chimichurri no aportaba en nada al plato.
El pollo estaba en un bonito punto de cocimiento y la guarnición consistió en tiras de camote frito o algo así como "sweet potato fries" (interesantes, pero prefiero las papas) acompañadas de una salsa cremosa tipo tártara, tan fresca y orgánica como los marshmallows que venden en el almacén "el mismo precio".
Las hamburguesas de Friday's son notables, el resto de sus platos no deja de decepcionarme. Hay otros lugares donde las hamburguesas son tan buenas o mejores, y por precios no muy diferentes. La diferencia con Friday's es que Friday's te transporta, al menos en mí tiene ese efecto, al estimulante y fantasioso mundo de las películas gringas de ciencia ficción que tan intensamente viví en mi niñez.
Volvería a ir pero sólo por la decadente experiencia de comer una hamburguesa muy gringa en ambiente muy gringo a un precio no muy alto, y tal vez poner a prueba el servicio, que estoy seguro puede ser bastante mejor. Por esta vez, debido a una comida deslucida y un servicio condenable, la calificación para Friday's es de dos lenguas :P :P
Este lugar es el altar de la cultura pop estadounidense. Con cada afiche, cada muñequito y no digamos con la música del lugar, te recordarán de que nuestra niñez, nuestra adolescencia y mucho de nuestra vida adulta estuvieron influenciadas, inspiradas o al menos severamente expuestas a los iconos, comprendidos o tergiversados, de Hollywood.
La rapidez en el servicio caraceriza a la cultura estadounidense tanto como la displicencia a la francesa, pero en realidad ambas no son más que mitos. Al menos eso fue lo que pude verificar en mi visita a Friday's. En cada mesa tienen un aparatito con un botón para que te atiendan, pero en mi caso hubiera sido más útil para tirárselo en la cabeza al mesero para ver si así me ponía algo de atención.
La falta de atención fue recurrente, y cuando al fin me llevaron mi plato, al menos pude olvidar por un momento esa gruesa deficiencia para enfocarme en otras. Mi orden consistió en un "southwest adobo chicken", un plato más o menos generoso (medio pollo) por un precio no muy alto. Decía el menú que ese pollo estaba sasonado con chimichurri brasileño. Pues me imagino que el ingrediente secreto del chimichurri en Brasil ha de ser "antimateria" por que no sabía a nada. Probablemente era la vejez de los ingredientes o la técnica tipo "comida rápida" pero el tal chimichurri no aportaba en nada al plato.
El pollo estaba en un bonito punto de cocimiento y la guarnición consistió en tiras de camote frito o algo así como "sweet potato fries" (interesantes, pero prefiero las papas) acompañadas de una salsa cremosa tipo tártara, tan fresca y orgánica como los marshmallows que venden en el almacén "el mismo precio".
Las hamburguesas de Friday's son notables, el resto de sus platos no deja de decepcionarme. Hay otros lugares donde las hamburguesas son tan buenas o mejores, y por precios no muy diferentes. La diferencia con Friday's es que Friday's te transporta, al menos en mí tiene ese efecto, al estimulante y fantasioso mundo de las películas gringas de ciencia ficción que tan intensamente viví en mi niñez.
Volvería a ir pero sólo por la decadente experiencia de comer una hamburguesa muy gringa en ambiente muy gringo a un precio no muy alto, y tal vez poner a prueba el servicio, que estoy seguro puede ser bastante mejor. Por esta vez, debido a una comida deslucida y un servicio condenable, la calificación para Friday's es de dos lenguas :P :P
domingo, 15 de marzo de 2009
Restaurante La Fattoria
Ubicado en la 16 calle 4-68 zona 10, teléfono 23343702.
Este lugar tiene un encanto misterioso. Está ubicado en una casa de mediados del siglo XX cuya estética no termina de ser art deco, ni moderna, ni tradicional, pero resulta tan familiar que hace sentir al visitante inexplicablemente cómodo y confianzudo. Si usted quiere sentirse como en casa, creo que este lugar la va a gustar.
La casa está pintada de un amarillo limón, no muy apetitoso si me preguntan a mí. Pero una vez se traspasa el umbral de la entrada, lo agresivo de ese color se olvida para dar paso a una decoración modesta. Me sentí como entrando a la cocina de la casa de alguna gente rica en los años '60: potente iluminación natural; sillas torneadas, sencillas y comunes; manteles y cortinitas de cuadros y una mesa con antipastos como listos para ser pasados al comedor.
De allí en adelante, todo fue un shock de realidad (¿querías un restaurante casero? ¡pues aquí lo tienes!). Mi orden consistió en unos tortellini rellenos de salmón en salsa de aglio e olio, un carpaccio de lomito (según ellos) y una ensalada caprese. El postre fue un pastel de chiqueadores. Lo acompañé con una copa de vino blanco.
Los tortellini no estaban parejamente cocidos, unos más duros que otros, lo que no es necesariamente malo, pues para mí resulta en un plato más interesante. Lo malo fue el relleno, que no se sentía fresco. El pescado (cuando se sentía) no aportaba más que una nota de falta de frescura. También probé un tortellini con salsa de tres o cinco quesos (no me recuerdo el número exacto) pero no era más que una salsa de crema casera.
El vino me lo sirvieron en una de esas copas como las que teníamos en casa cuando yo era niño: las que algún tío tacaño regaló para alguna boda, de vidrio grueso y cuestionable buen gusto, con capacidad reducida con el objeto de servir algún jerez u otra bebida de la cual se toma poco por su concentración, sin espacio para sentir el buqué.
El carpaccio fue lo más interesante. Definitivamente no era de lomito, sino de algún jamón curado, embullido en aceite, con cebollín picado y (he aquí lo interesante) apio. La ensalada era más para reír que para degustar. No lo digo por el tamaño de la porción, que no estaba mal. Lo digo por que era tan casera pero tan casera, que ni siquiera se tomaron la molestia de usar tomate manzano (o jitomate) sino estaba hecha con el plebeyo tomate ciruelo.
El postre también era muy casero. Un pastel de chiqueadores, emborrachado con algún licor y relleno de chocolate. Casi tan bueno como los que hacía mi madrastra.
Al final la sentencia es clara: La Fattoría es el lugar insuperable de la comida casera, la decoración casera y el servicio casero. Para eso ¡mejor me quedo comiendo en mi casa! Calificación: dos lenguas y media :P :P :p
Este lugar tiene un encanto misterioso. Está ubicado en una casa de mediados del siglo XX cuya estética no termina de ser art deco, ni moderna, ni tradicional, pero resulta tan familiar que hace sentir al visitante inexplicablemente cómodo y confianzudo. Si usted quiere sentirse como en casa, creo que este lugar la va a gustar.
La casa está pintada de un amarillo limón, no muy apetitoso si me preguntan a mí. Pero una vez se traspasa el umbral de la entrada, lo agresivo de ese color se olvida para dar paso a una decoración modesta. Me sentí como entrando a la cocina de la casa de alguna gente rica en los años '60: potente iluminación natural; sillas torneadas, sencillas y comunes; manteles y cortinitas de cuadros y una mesa con antipastos como listos para ser pasados al comedor.
De allí en adelante, todo fue un shock de realidad (¿querías un restaurante casero? ¡pues aquí lo tienes!). Mi orden consistió en unos tortellini rellenos de salmón en salsa de aglio e olio, un carpaccio de lomito (según ellos) y una ensalada caprese. El postre fue un pastel de chiqueadores. Lo acompañé con una copa de vino blanco.
Los tortellini no estaban parejamente cocidos, unos más duros que otros, lo que no es necesariamente malo, pues para mí resulta en un plato más interesante. Lo malo fue el relleno, que no se sentía fresco. El pescado (cuando se sentía) no aportaba más que una nota de falta de frescura. También probé un tortellini con salsa de tres o cinco quesos (no me recuerdo el número exacto) pero no era más que una salsa de crema casera.
El vino me lo sirvieron en una de esas copas como las que teníamos en casa cuando yo era niño: las que algún tío tacaño regaló para alguna boda, de vidrio grueso y cuestionable buen gusto, con capacidad reducida con el objeto de servir algún jerez u otra bebida de la cual se toma poco por su concentración, sin espacio para sentir el buqué.
El carpaccio fue lo más interesante. Definitivamente no era de lomito, sino de algún jamón curado, embullido en aceite, con cebollín picado y (he aquí lo interesante) apio. La ensalada era más para reír que para degustar. No lo digo por el tamaño de la porción, que no estaba mal. Lo digo por que era tan casera pero tan casera, que ni siquiera se tomaron la molestia de usar tomate manzano (o jitomate) sino estaba hecha con el plebeyo tomate ciruelo.
El postre también era muy casero. Un pastel de chiqueadores, emborrachado con algún licor y relleno de chocolate. Casi tan bueno como los que hacía mi madrastra.
Al final la sentencia es clara: La Fattoría es el lugar insuperable de la comida casera, la decoración casera y el servicio casero. Para eso ¡mejor me quedo comiendo en mi casa! Calificación: dos lenguas y media :P :P :p
sábado, 28 de febrero de 2009
Restaurante Chez Fabrice
Ubicado en la 3a avenida 10-44 zona 10. Tel. 2331-7287, 2361-8296
Técnica, técnica, técnica. Es increíble la diferencia que hace una comida con una técnica sofisticada. La gastronomía francesa es la reina en este aspecto, y Chez Fabrice es un fiel testimonio de esto. Una decoración más bien sobria, yo diría que con una vocación más italiana que francesa, muy adecuada para centrarse en la comida.
Lo primero que hay que destacar es que el chef pasa por la mesa a conversar con los comensales y qué mejor que el propio chef como fuente de información para recomendar un plato.
El menú no contiene sección de bebidas, por lo que después me sentí con derecho a caerme de la silla cuando me cobraron Q60 por una piña colada. Pero eso era lo que necesitaba para dejar de pedir cocteles para acompañar la comida: un escarmiento como este. No lo vuelvo a hacer.
Volviendo a lo que sí hay en el menú, aunque ya había ordenado una entrada de terrine de pato, el chef anunció que tenía en especial uno de venado. Aun fue oportuno para cambiar mi orden, algo de lo que estoy muy satisfecho.
El chef confesó, probablemente sin darse cuenta, que el terrine que se describe "de pato" en el menú era de cerdo. ¡Pero el menú dice de pato! le inquirí "si es una mezcla de cerdo y pato". Lo dijo con toda la candidez del caso.
De cortesía me sirvieron un paté de pollo muy delicioso, con una cubierta de gelatina y complejos aromas, donde pude reconocer a penas el romero. Hasta ahora, el mejor bocadillo de cortesía que he probado.
Me llevaron la entrada de terrine (lo llamaron paté) de venado y fue todo un festival para los sentidos. Los colores, las texturas, los aromas y los sabores, perfectamente combinados. Sólo al ponerlo sobre la mesa me sentí con ganas de que me llevaran un mariachi para celebrar este plato. El terrine era una rodaja de tonos terracota, con ciruelas, molleja de ternera y dos tipos de hígado, con una capa de gelatina en un borde. Un tipo de hígado se suponía que era de venado y el otro no lo descifré sino hasta que me lo explicó el chef. Pero aunque hubiera sido del mismo que concinaba Hannibal Lecter (I ate his liver, with some fava beans and a nice Chianti! fbldd, fbldd, fbldd!) lo hubiera disfrutado igual. Esta excepcional comida estaba complementada por encurtidos, cebollas caramelizadas y un crostini con queso parmesano, untado en un extremo con mostaza dijon. Una total exquisitez.
La otra entrada que probé fue un croustillant de pasta phylo con queso brie, peras, y otras delicadezas. Era una especie de croissant, pero en forma cilíndrica, con una pasta crujiente, dorada, escamosa y con un fuerte gusto a mantequilla. Sobresaliente.
Los platos fuertes estuvieron muy buenos también, aunque no tan despampanantes como las entradas. El primero que probé fue un medallón de lechón, acompañado de ratatouille y papa gratinada. El medallón estaba muy bien compuesto, con una tira de piel tostada y el resto de carne jugosa y suave. Estaba acompañado de una salsa morena de la que no puedo decir nada malo pero tampoco nada destacado. El ratatuoille me sorprendió muchísimo, pues a parte de tener una aromatización de hierbas que no podía descifrar (el laurel fue lo único que identifiqué, además del obvio tomillo fresco que lo adornaba) cada una de las verduras que componían el guiso estaba cocinada en un punto singular. El güicoy y el zucchini estaban crocantes, mientras que los pimientos estaban suaves y sedosos. El plato quedaba complementado con una papa gratinada, muy bien presentada pero sosa en comparación con el resto de la comida.
El otro plato fuerte era una "pechuga" de pollo en salsa supreme con torta de papa y espárragos. Escribo "pechuga" por que eso era lo que decía el menú, pero NO era una pechuga. Era algo mucho más interesante. Eran unos medallones de una especie de mousse de pollo. Algo así como el Semmelwurst que se come al sur de Alemania: unas rodajas blancas, esponjosas y muy sabrosas. Estaban bañadas en una salsa blanca con perejil colocho que le llaman. El acompañamiento eran unos espárragos y ejotes crujientes y dos panqueques de papa.
El chef regresó a la mesa a preguntar sobre la comida, lo que aproveché para interrogarlo sobre el segundo tipo de hígado del terrine que acompañaba al hígado de venado. El segundo tipo de hígado, me dijo, era de pollo. La técnica de las "pechugas", me explicó, era una especie de mousse dentro de pechugas prensadas y cocinadas al vapor. De las especies del ratatouille, me dijo, eran hierbas de Provenza que incluyen salvia, romero, laurel, y otras que sólo los expertos y los botánicos podrían nombrar. Poco a poco los enigmas de la noche se iban resolviendo.
El chef recomendó el postre especial consistente en un soufflé de biscocho italiano con grand marnier. Un postre muy interesante y nada empalagoso, aunque aún conservaba un olor a clara de huevo que debía estar mejor disimulado.
¿Por qué no darle cinco lenguas a chez Fabrize? Puedo pensar en el menú que no describía con completa exactitud los ingredientes de los platos, pero eso lo corrigió el mismísimo chef en mi presencia. También puedo pensar en el razor ribbon que no resultaba una decoración acogedora en lo alto de la pared que da a la calle, pero total, en Guatemala el razor ribbon es tan típico como el pan de manteca.
Las complicaciones del parqueo y el ruidoso bar de la calle de enfrente no le son imputables a este lugar que vale mucho la pena, aunque mi próxima visita preferiré hacerla a la hora del almuerzo.
En conclusión, por una técnica impecable, un servicio a la altura y vianda exquisita, cerca de lo perfecto, le otorgo a Chez Fabrice el máximo de cinco lenguas: :P :P :P :P :P
Técnica, técnica, técnica. Es increíble la diferencia que hace una comida con una técnica sofisticada. La gastronomía francesa es la reina en este aspecto, y Chez Fabrice es un fiel testimonio de esto. Una decoración más bien sobria, yo diría que con una vocación más italiana que francesa, muy adecuada para centrarse en la comida.
Lo primero que hay que destacar es que el chef pasa por la mesa a conversar con los comensales y qué mejor que el propio chef como fuente de información para recomendar un plato.
El menú no contiene sección de bebidas, por lo que después me sentí con derecho a caerme de la silla cuando me cobraron Q60 por una piña colada. Pero eso era lo que necesitaba para dejar de pedir cocteles para acompañar la comida: un escarmiento como este. No lo vuelvo a hacer.
Volviendo a lo que sí hay en el menú, aunque ya había ordenado una entrada de terrine de pato, el chef anunció que tenía en especial uno de venado. Aun fue oportuno para cambiar mi orden, algo de lo que estoy muy satisfecho.
El chef confesó, probablemente sin darse cuenta, que el terrine que se describe "de pato" en el menú era de cerdo. ¡Pero el menú dice de pato! le inquirí "si es una mezcla de cerdo y pato". Lo dijo con toda la candidez del caso.
De cortesía me sirvieron un paté de pollo muy delicioso, con una cubierta de gelatina y complejos aromas, donde pude reconocer a penas el romero. Hasta ahora, el mejor bocadillo de cortesía que he probado.
Me llevaron la entrada de terrine (lo llamaron paté) de venado y fue todo un festival para los sentidos. Los colores, las texturas, los aromas y los sabores, perfectamente combinados. Sólo al ponerlo sobre la mesa me sentí con ganas de que me llevaran un mariachi para celebrar este plato. El terrine era una rodaja de tonos terracota, con ciruelas, molleja de ternera y dos tipos de hígado, con una capa de gelatina en un borde. Un tipo de hígado se suponía que era de venado y el otro no lo descifré sino hasta que me lo explicó el chef. Pero aunque hubiera sido del mismo que concinaba Hannibal Lecter (I ate his liver, with some fava beans and a nice Chianti! fbldd, fbldd, fbldd!) lo hubiera disfrutado igual. Esta excepcional comida estaba complementada por encurtidos, cebollas caramelizadas y un crostini con queso parmesano, untado en un extremo con mostaza dijon. Una total exquisitez.
La otra entrada que probé fue un croustillant de pasta phylo con queso brie, peras, y otras delicadezas. Era una especie de croissant, pero en forma cilíndrica, con una pasta crujiente, dorada, escamosa y con un fuerte gusto a mantequilla. Sobresaliente.
Los platos fuertes estuvieron muy buenos también, aunque no tan despampanantes como las entradas. El primero que probé fue un medallón de lechón, acompañado de ratatouille y papa gratinada. El medallón estaba muy bien compuesto, con una tira de piel tostada y el resto de carne jugosa y suave. Estaba acompañado de una salsa morena de la que no puedo decir nada malo pero tampoco nada destacado. El ratatuoille me sorprendió muchísimo, pues a parte de tener una aromatización de hierbas que no podía descifrar (el laurel fue lo único que identifiqué, además del obvio tomillo fresco que lo adornaba) cada una de las verduras que componían el guiso estaba cocinada en un punto singular. El güicoy y el zucchini estaban crocantes, mientras que los pimientos estaban suaves y sedosos. El plato quedaba complementado con una papa gratinada, muy bien presentada pero sosa en comparación con el resto de la comida.
El otro plato fuerte era una "pechuga" de pollo en salsa supreme con torta de papa y espárragos. Escribo "pechuga" por que eso era lo que decía el menú, pero NO era una pechuga. Era algo mucho más interesante. Eran unos medallones de una especie de mousse de pollo. Algo así como el Semmelwurst que se come al sur de Alemania: unas rodajas blancas, esponjosas y muy sabrosas. Estaban bañadas en una salsa blanca con perejil colocho que le llaman. El acompañamiento eran unos espárragos y ejotes crujientes y dos panqueques de papa.
El chef regresó a la mesa a preguntar sobre la comida, lo que aproveché para interrogarlo sobre el segundo tipo de hígado del terrine que acompañaba al hígado de venado. El segundo tipo de hígado, me dijo, era de pollo. La técnica de las "pechugas", me explicó, era una especie de mousse dentro de pechugas prensadas y cocinadas al vapor. De las especies del ratatouille, me dijo, eran hierbas de Provenza que incluyen salvia, romero, laurel, y otras que sólo los expertos y los botánicos podrían nombrar. Poco a poco los enigmas de la noche se iban resolviendo.
El chef recomendó el postre especial consistente en un soufflé de biscocho italiano con grand marnier. Un postre muy interesante y nada empalagoso, aunque aún conservaba un olor a clara de huevo que debía estar mejor disimulado.
¿Por qué no darle cinco lenguas a chez Fabrize? Puedo pensar en el menú que no describía con completa exactitud los ingredientes de los platos, pero eso lo corrigió el mismísimo chef en mi presencia. También puedo pensar en el razor ribbon que no resultaba una decoración acogedora en lo alto de la pared que da a la calle, pero total, en Guatemala el razor ribbon es tan típico como el pan de manteca.
Las complicaciones del parqueo y el ruidoso bar de la calle de enfrente no le son imputables a este lugar que vale mucho la pena, aunque mi próxima visita preferiré hacerla a la hora del almuerzo.
En conclusión, por una técnica impecable, un servicio a la altura y vianda exquisita, cerca de lo perfecto, le otorgo a Chez Fabrice el máximo de cinco lenguas: :P :P :P :P :P
lunes, 16 de febrero de 2009
Restaurante Del Toros
Ubicado en la 14 calle 5-08 zona 10.
Es extraño que en un lugar tan codiciado comercialmente se encuentre un restaurante tan modestamente concebido. Nada qué destacar sobre su ambiente, tal vez inspirado en cantinas donde se va a gastar el tiempo que no se desea pasar en casa y la comida es sólo un acompañamiento para lo central que es la libación.
Fui a dar allí por que la langosta estaba de oferta. Probé una a la parrilla y una a la plancha con mantequilla.
La primera no estaba muy fresca, y la segunda estaba mejor, pero tampoco era para morirse. La acompañé de una ensalada mixta. Cualquiera podría hacer en su casa una ensalada mejor que esa. Al menos los ingredientes estaban frescos.
Una experiencia totalmente cotidiana, a Del Toros le daré dos lenguas :P :P
Es extraño que en un lugar tan codiciado comercialmente se encuentre un restaurante tan modestamente concebido. Nada qué destacar sobre su ambiente, tal vez inspirado en cantinas donde se va a gastar el tiempo que no se desea pasar en casa y la comida es sólo un acompañamiento para lo central que es la libación.
Fui a dar allí por que la langosta estaba de oferta. Probé una a la parrilla y una a la plancha con mantequilla.
La primera no estaba muy fresca, y la segunda estaba mejor, pero tampoco era para morirse. La acompañé de una ensalada mixta. Cualquiera podría hacer en su casa una ensalada mejor que esa. Al menos los ingredientes estaban frescos.
Una experiencia totalmente cotidiana, a Del Toros le daré dos lenguas :P :P
jueves, 29 de enero de 2009
Restaurante Alfredo di Roma
Ubicado en la Avenida la Reforma y 6a calle z 10, edificio Guayacán
Uno de mis restaurantes favoritos. El servicio es bueno, con meseros y meseras atentos y con un conocimiento decente del menú. Un lugar agradable, aunque las fotos de celebridades no resultan muy inspiradoras, sino más bien tienen un aire de comedor familiar que contrasta con el lujo del resto del lugar.
El maestossíssime fettuccine Alfredo es un opiáceo total. Un plato extremadamente sencillo, pero con finos ingredientes que me hacen segregar serotonina sólo de ver como lo preparan al lado de la mesa. Me gusta pedirlo sin más, no carne, no mariscos, pues más ingredientes resulta para mí en un desbalance innecesario. Este plato evidencia indiscutiblemente que la salsa Alfredo ¡¡NO LLEVA CREMA!!
Las chuletas de cordero las preparan muy bien, sin sobrecocerlas. Otras pastas que he probado pecan de cremosas, pero están deliciosamente condimentadas. El risotto con aceite de trufas es de los mayores pecadores en este sentido y sin tan buen condimento como el penne con salmón, por ejemplo. El pan de cortesía, bruschettas y aceitunas resultan convenientes en estos tiempos de crisis, y el pan, además tiene la virtud de absorber la crema y por lo tanto, absolver el pecado de algunos platos.
No me he aventurado mucho con los postres, de vez en cuando la conciencia me traiciona cuando me enfrento al azúcar. Disculparán que no pueda recordar el nombre de ese postre que consiste en una especie de panes rellenos de helado. Allí lo sirven, o lo servían... no me dejó, como ven, una memorable impresión. También he probado los canelones de caramelo con queso. Quebradizos y hostiles, los canelones distaron mucho de lo que me esperaba, ¿saben cuáles? los típicos cannoli, con esos con los que Constanzia Corleone envenena a don Altobello en El Padrino III.
No olvide sellar el ticket de parqueo, de lo contrario le puede salir más cara la factura del estacionamiento que la factura del restaurante, lo que es muuucho decir.
Calificación: Cuatro lenguas y media :P :P :P :P :p
Uno de mis restaurantes favoritos. El servicio es bueno, con meseros y meseras atentos y con un conocimiento decente del menú. Un lugar agradable, aunque las fotos de celebridades no resultan muy inspiradoras, sino más bien tienen un aire de comedor familiar que contrasta con el lujo del resto del lugar.
El maestossíssime fettuccine Alfredo es un opiáceo total. Un plato extremadamente sencillo, pero con finos ingredientes que me hacen segregar serotonina sólo de ver como lo preparan al lado de la mesa. Me gusta pedirlo sin más, no carne, no mariscos, pues más ingredientes resulta para mí en un desbalance innecesario. Este plato evidencia indiscutiblemente que la salsa Alfredo ¡¡NO LLEVA CREMA!!
Las chuletas de cordero las preparan muy bien, sin sobrecocerlas. Otras pastas que he probado pecan de cremosas, pero están deliciosamente condimentadas. El risotto con aceite de trufas es de los mayores pecadores en este sentido y sin tan buen condimento como el penne con salmón, por ejemplo. El pan de cortesía, bruschettas y aceitunas resultan convenientes en estos tiempos de crisis, y el pan, además tiene la virtud de absorber la crema y por lo tanto, absolver el pecado de algunos platos.
No me he aventurado mucho con los postres, de vez en cuando la conciencia me traiciona cuando me enfrento al azúcar. Disculparán que no pueda recordar el nombre de ese postre que consiste en una especie de panes rellenos de helado. Allí lo sirven, o lo servían... no me dejó, como ven, una memorable impresión. También he probado los canelones de caramelo con queso. Quebradizos y hostiles, los canelones distaron mucho de lo que me esperaba, ¿saben cuáles? los típicos cannoli, con esos con los que Constanzia Corleone envenena a don Altobello en El Padrino III.
No olvide sellar el ticket de parqueo, de lo contrario le puede salir más cara la factura del estacionamiento que la factura del restaurante, lo que es muuucho decir.
Calificación: Cuatro lenguas y media :P :P :P :P :p
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