Ubicado en la 2da avenida 13-44 zona 10.
Kacao es un restaurante que lo saca a uno de apuros. Cuando viene alguien del extranjero y dice "llévenme a comer comida típica", pues uno sabe que no se puede arriesgar a ir a un mercado, por cuestiones de seguridad e higiene, aunque allí se encuentre la mejor comida; tampoco se hace necesario viajar a Chimaltenango o a Cobán. Basta con desplazarse a la zona 10 y aprovechar el parqueo gratuito y la propuesta poco amenazadora y forzadamente pintoresca de Kacao.
Siempre he pensado que el simpático ranchón y la ropa típica de los meseros son lo suficientemente convincentes para que los extranjeros se lleven la idea de que comieron la auténtica comida guatemalteca.
Me llevé una sorpresa muy agradable al visitar Kacao un domingo. Resulta que tienen un buffé de comida típica por Q140. Al pagar esa cantidad, se puede uno servir sopa de frijoles, frijoles volteados, chiles rellenos, dobladas de chipilín, guacamol, chojín, buñuelos, rellenitos, torrejas, longanizas y carne a la parrilla, y lo más importante, los cuatro platillos más representativos de la comida autóctona: el subanic, el pepián, el kak ik y el jocón y algunos platos más. Todo ello sin límite.
Se supone que el buffé empieza a las 12pm, pero el día que yo lo visité, el último plato (los buñuelos) lo agregaron como a la 1:15, por lo que no se esfuerce demasiado en ser puntual.
Inicié mi almuerzo con los tres grandes recados: subanic, pepián y kak ik, que me los serví en pequeñas escudillas de barro. Todavía no habían puesto el jocón, por lo que me quedé sin probarlo. Ya había comido antes subanic aquí, y me fui muy poco impresionado.
Ahora debo decir que de los tres recados, el subanic fue el mejor. Era el más aromático. Parecía como que hubieran usado algo de grasa de chorizo para condimentarlo. Con ello no quiero decir que sea el más auténtico. Hace mucho tiempo que aspiro a ir a Chimaltenango y que en mi presencia abran el apaste con hojas de plátano para disfrutar el verdadero subanic. Si ustedes conocen algún lugar, su recomendación será muy bien venida.
El kak ik no le tenía nada que envidiar a una sopa de pollo con yerbabuena. Definitivamente no era el auténtico, que ese sí que lo he comido en Cobán. El pepián, tampoco era convincente. La verdad les digo que unos días antes por Q23, me comí un pepián de res (bueno, dejémoslo en "de origen animal") muy bien acompañado (consomé, arroz, tortillas, refresco de tamarindo y pan de banano de postre) en el Centro Comercial de la zona 4, y era bastante más verosímil que el de Kacao.
Me da la impresión de que la comida de Kacao es víctima de su propia clientela: tiende a parecer aséptica, higiénica y poco exótica, de tal manera que los extranjeros la aceptarían con plenitud. Esto resulta en incluir cortes magros y más bien insípidos en los recados: posta de cerdo, pechuga de pollo, pavo desmenuzado. Todo cortado en trocitos ortogonales, sin misterio, sin riesgo y sin genio.
Los frijoles volteados y el guacamol estaban un poco salados para mi gusto. La longaniza tenía un aroma ahumado tan profundo, pero tan profundo que me pareció más de orígen químico (humo líquido) que auténticamente impregnado por carbón. Las torrejas no tenían suficiente carácter, con un tímido relleno que parecía más manjar que crema. Los buñuelos, por el contrario, aunque tarde, fueron bastante más convincentes, acompañados con un almíbar ligero aromatizado con canela y anís.
Las dobladas, chiles rellenos, arroz en leche y rellenitos, eran convencionales. Nada terriblemente seductor ni tampoco nada catastrófico. Lo mismo puedo decir del servicio. La atención fue suficientemente buena para mantener platos y cubiertos limpios después de cada visita al buffé, pero se puede percibir que los meseros no tienen la misma devoción que otros, sobre todo la de los concurridos restaurantes de carne asada.
Aunque yo prefiero platos más auténticos, debo reconocer que la oportunidad de probar todo esto por Q140 es una muy buena propuesta para cuando sus visitantes quieran exponerse sin mucho riesgo a la comida tradicional guatemalteca.
Calificación: tres lenguas :P :P :P
La Original Crítica Culinaria y Crítica de Restaurantes en Guatemala
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domingo, 7 de junio de 2009
domingo, 31 de mayo de 2009
Restaurante De Mario
Ubicado en la esquina de la 13 calle y 1ra avenida, zona 10.
Como diría el Presidente Kaga, "if memory serves me right" hace muchos años en este mismo local había un restaurante de comida china llamado "Exellent". Nunca fui, pero más de alguna persona me habló muy bien de él.
Ya hace años, se instaló allí el restaurante de Mario. Un amigo español, abogado, me dijo que allí se comía tal vez la mejor comida española de la ciudad. Estuve posponiendo mi visita por mucho tiempo, pero al fin se dio la oportunidad. Y vaya si no valió la pena la espera.
El término para describir el ambiente del lugar, diría yo, es "ecléctico". Muebles de madera tradicionales se mezclan con vidrios sandblasteados, claramente yuxtapuestos y ajenos al resto del concepto del restaurante.
El bocadillo de cortesía es pan con mantequilla. Nada especial. Una lástima. De lo contrario, muy posiblemente le hubiera dado cinco leguas, pues la experiencia fue extraordinaria.
Pedí el especial del día: cocido madrileño. ¡Qué vianda! En un plato plano estaban distribuidos seductoramente los garbanzos, que ostentaban con indiscutible dignidad una rodaja de morcilla, una de chorizo y una loncha de panceta. Al otro lado, una loncha de carne de res y una pieza de ave complementaban la presentación.
Cada uno de los elementos del cocido tenía altísimos méritos, con excepción del ave, que me dijeron era gallina, pero no quedé totalmente convencido, pues hay unos pollos amarillos que podrían ser buenos impostores. Al ave le faltaba un poco de aroma, nada más. Pero la morcilla y el chorizo eran intensos. Tanto, que aunque las rodajas podrían parecer pequeñas, cada bocado tenía un sabor tan convincente y una sustancia tan inigualable, que me resultaron rodajas abundantes.
La panceta también era de una calidad y frescura extraordinarias. Los garbanzos estaban en su punto justo de cocimiento, y aunque la salsa que los contenía parecía por momentos muy sutil, la combinación con los otros fuertes ingredientes recordaba la pertinencia de tal sutileza. El corte de carne de res fue un enigma interesante. Tenía un color oscuro, como de víscera. Pero la consistencia y el sabor era de músculo pero enervado de nervios o gelatina, como el corte de "camote", de indiscutible carácter.
También pude probar el bacalao a la vizcaína y la fabada asturiana. Ambos espléndidos. En el bacalao se podía apreciar la alta calidad de los ingredientes: una salsa tersa que no competía sino complementaba al pescado. La fabada estaba aromática, de ahumado profundo.
Mi postre fue una natilla. Era una especie de dulce de leche con ocultos granitos de arroz, aderezados con azúcar morena casi acaramelada. Muy bien hecho. Finalicé mi comida con un café. Me llevaron un espresso muy fuerte, no lo que había pedido pero reconozco que estaba bien hecho.
El servicio fue bueno, aunque un mejor conocimiento del menú no les caería mal a los meseros, sobre todo de los postres, cuya selección no despertaba curiosidad.
Ahora le creo a mi amigo abogado cuando me dijo que era tal vez la mejor comida española. Calificación: cuatro lenguas y media :P :P :P :P :p
Como diría el Presidente Kaga, "if memory serves me right" hace muchos años en este mismo local había un restaurante de comida china llamado "Exellent". Nunca fui, pero más de alguna persona me habló muy bien de él.
Ya hace años, se instaló allí el restaurante de Mario. Un amigo español, abogado, me dijo que allí se comía tal vez la mejor comida española de la ciudad. Estuve posponiendo mi visita por mucho tiempo, pero al fin se dio la oportunidad. Y vaya si no valió la pena la espera.
El término para describir el ambiente del lugar, diría yo, es "ecléctico". Muebles de madera tradicionales se mezclan con vidrios sandblasteados, claramente yuxtapuestos y ajenos al resto del concepto del restaurante.
El bocadillo de cortesía es pan con mantequilla. Nada especial. Una lástima. De lo contrario, muy posiblemente le hubiera dado cinco leguas, pues la experiencia fue extraordinaria.
Pedí el especial del día: cocido madrileño. ¡Qué vianda! En un plato plano estaban distribuidos seductoramente los garbanzos, que ostentaban con indiscutible dignidad una rodaja de morcilla, una de chorizo y una loncha de panceta. Al otro lado, una loncha de carne de res y una pieza de ave complementaban la presentación.
Cada uno de los elementos del cocido tenía altísimos méritos, con excepción del ave, que me dijeron era gallina, pero no quedé totalmente convencido, pues hay unos pollos amarillos que podrían ser buenos impostores. Al ave le faltaba un poco de aroma, nada más. Pero la morcilla y el chorizo eran intensos. Tanto, que aunque las rodajas podrían parecer pequeñas, cada bocado tenía un sabor tan convincente y una sustancia tan inigualable, que me resultaron rodajas abundantes.
La panceta también era de una calidad y frescura extraordinarias. Los garbanzos estaban en su punto justo de cocimiento, y aunque la salsa que los contenía parecía por momentos muy sutil, la combinación con los otros fuertes ingredientes recordaba la pertinencia de tal sutileza. El corte de carne de res fue un enigma interesante. Tenía un color oscuro, como de víscera. Pero la consistencia y el sabor era de músculo pero enervado de nervios o gelatina, como el corte de "camote", de indiscutible carácter.
También pude probar el bacalao a la vizcaína y la fabada asturiana. Ambos espléndidos. En el bacalao se podía apreciar la alta calidad de los ingredientes: una salsa tersa que no competía sino complementaba al pescado. La fabada estaba aromática, de ahumado profundo.
Mi postre fue una natilla. Era una especie de dulce de leche con ocultos granitos de arroz, aderezados con azúcar morena casi acaramelada. Muy bien hecho. Finalicé mi comida con un café. Me llevaron un espresso muy fuerte, no lo que había pedido pero reconozco que estaba bien hecho.
El servicio fue bueno, aunque un mejor conocimiento del menú no les caería mal a los meseros, sobre todo de los postres, cuya selección no despertaba curiosidad.
Ahora le creo a mi amigo abogado cuando me dijo que era tal vez la mejor comida española. Calificación: cuatro lenguas y media :P :P :P :P :p
domingo, 17 de mayo de 2009
Restaurante Hacienda Real (otra vez)
Recientemente volví a visitar el restaurante Hacienda Real que está en Condado Concepción. Era temprano y estaba vacío. Creo que es la primera vez que voy desde que está prohibido fumar en todo lugar cerrado, por lo que me senté vez cerca de la fuente, que anteriormente era el área de no fumar. Esto me permitió ver de cerca las antigüedades falsas, que son bastante convincentes, unos caballos de madera que pretenden ser juguetes antiguos. Me parecieron bien hechas.
Ordené una tilapia a la parrilla, después de confirmar que la servían entera. Tener un animal completo cocinado frente a mí es una experiencia significativa, aunque sea un pescado. Es un sentimiento atávico: ver cómo puede ser de suculento un ave, un pescado o un mamífero que hace unas pocas horas habitaba junto a nosotros en el mundo de los vivos. Ver el animal horneado me recuerda lo sagrados que son los alimentos, y que con cada mordida le quitamos la vida a otro ser para continuar con la nuestra. Mi gratitud con estos animales, y con las personas que me ahorran verlo a los ojos por última vez. Todos los seres vivos seremos algún día el almuerzo de otro. Es nuestra harta obligación, por lo tanto, disfrutar la comida al máximo, pues literalmente, estamos matando por ella.
Cocinar un pescado a la parrilla me parece de las técnicas más interesantes, pues por lo delicado de su piel y su carne, se puede desbaratar el animal completo. En La Hacienda Real parece que todavía no han dominado esta técnica. O tal vez tuve yo mala suerte. El asunto es que me llevaron mi tilapia sin piel de un lado completo, y sin un ojo. Los ojos son lo primero que yo como en un pescado. La gelatina me indica la frescura del plato. También es la parte del pescado que se disfruta más a alta temperatura. Por eso, que me traigan un pescado sin un ojo, es bastante decepcionante.
La piel es también muy importante en un pescado, pues aporta una textura y aceitocidad adicional a la carne, normalmente magra y suave. Seguramente se les quedó pegada la piel y el ojo en la parrilla. La pedí acompañada de guacamol, que no estaba bien preparado tampoco. Le habrán puesto un limón viejo seguramente. El resto del pescado estaba bien. Aromatizado por el carbón, suave y jugoso.
De postre pedí un tiramisú. Agrio y reseco. Me arrepentí inmediatamente. Una lástima.
Como ya he dicho en mi anterior reseña, el servicio y el ambiente son bastante buenos. La comida es buena también, pues preparar un buen asado no es ninguna ciencia, sino depende más bien de la calidad de los ingredientes, sobre todo de la carne. Sin embargo, al poner a prueba la parrilla con un poquito más de dificultad (cocinar una tilapia requiere un poco más de destreza que un puyazo) el restaurante no pasó la prueba. Y en cuanto al postre, se me hace que tienen algún proveedor externo de pasteles, y me tocó uno que ya llevaba tiempo de estar en la refri. Doble mala suerte. Calificación: dos lenguas y media :P :P :p
Ordené una tilapia a la parrilla, después de confirmar que la servían entera. Tener un animal completo cocinado frente a mí es una experiencia significativa, aunque sea un pescado. Es un sentimiento atávico: ver cómo puede ser de suculento un ave, un pescado o un mamífero que hace unas pocas horas habitaba junto a nosotros en el mundo de los vivos. Ver el animal horneado me recuerda lo sagrados que son los alimentos, y que con cada mordida le quitamos la vida a otro ser para continuar con la nuestra. Mi gratitud con estos animales, y con las personas que me ahorran verlo a los ojos por última vez. Todos los seres vivos seremos algún día el almuerzo de otro. Es nuestra harta obligación, por lo tanto, disfrutar la comida al máximo, pues literalmente, estamos matando por ella.
Cocinar un pescado a la parrilla me parece de las técnicas más interesantes, pues por lo delicado de su piel y su carne, se puede desbaratar el animal completo. En La Hacienda Real parece que todavía no han dominado esta técnica. O tal vez tuve yo mala suerte. El asunto es que me llevaron mi tilapia sin piel de un lado completo, y sin un ojo. Los ojos son lo primero que yo como en un pescado. La gelatina me indica la frescura del plato. También es la parte del pescado que se disfruta más a alta temperatura. Por eso, que me traigan un pescado sin un ojo, es bastante decepcionante.
La piel es también muy importante en un pescado, pues aporta una textura y aceitocidad adicional a la carne, normalmente magra y suave. Seguramente se les quedó pegada la piel y el ojo en la parrilla. La pedí acompañada de guacamol, que no estaba bien preparado tampoco. Le habrán puesto un limón viejo seguramente. El resto del pescado estaba bien. Aromatizado por el carbón, suave y jugoso.
De postre pedí un tiramisú. Agrio y reseco. Me arrepentí inmediatamente. Una lástima.
Como ya he dicho en mi anterior reseña, el servicio y el ambiente son bastante buenos. La comida es buena también, pues preparar un buen asado no es ninguna ciencia, sino depende más bien de la calidad de los ingredientes, sobre todo de la carne. Sin embargo, al poner a prueba la parrilla con un poquito más de dificultad (cocinar una tilapia requiere un poco más de destreza que un puyazo) el restaurante no pasó la prueba. Y en cuanto al postre, se me hace que tienen algún proveedor externo de pasteles, y me tocó uno que ya llevaba tiempo de estar en la refri. Doble mala suerte. Calificación: dos lenguas y media :P :P :p
jueves, 14 de mayo de 2009
Restaurante Jean Fracois
Ubicado en la diagonal 6, 13-63 zona 10, teléfono 23334785 y 86
El restaurante Jean Francois tiene una reputación notable. Es un lugar con decoración entre mediterránea y de cuernavaca. Por la noche puede ser muy romántico. Dentro del salón principal hay un gran florero, que cuando yo lo visité tenía girasoles, de muy buen gusto. Lástima las servilletas, menús y el POS que acompañaban al florero en la mesa central.
El bocadillo de cortesía es pan con mantequilla. Sin más. Mantequilla a temperatura ambiente.
Inicié mi comida con una ensalada de cangrejo azul. Creo que el cangrejo azul es la jaiba, pero no me tomen la palabra. El nombre de "cangrejo azul" me suena intrigante, misterioso, algo así como "el oscuro señor del sith", jejeje. Pero en esta ensalada, la fuerza no estuvo con el cangrejo. La ensalada tenía un esfuerzo exitoso en mezclar texturas interesantes: en fibroso cangrejo con pimientos crocantes, suave aguacate y burbujeantes gajos de naranja picada. El resultado, sin embargo, me resultó insípido. Sin aromas destacados. Muy a lo lejos, combinando la ensalada con las plataninas que le rodeaban (algo así como "ensalada de atún a la tortrix") se podía sentir un toque de aceite de oliva. Creo que el orégano le va bien al aguacate, el cilantro al cangrejo, y el perejil a la naranja. Así puede haber muchos aromas interesantes, y me sorprendió que la ensalada no contara con ninguno.
Mi plato fuerte fue un pato al vinagre balsámico. La pechuga de pato con la piel dorada evidenciaba una técnica muy bien dominada y un punto de cocimiento inmejorable. Estaba acompañado de zucchini, que no es mi favorito, y tampoco era muy aromático. La salsa era enérgica, tanto que con el primer bocado sentí una bofetada, pero de esas que te despiertan y te provocan interés. Tampoco la sentí muy aromatizada. El plato tenía tres croquetas, como de papa y queso, empanizadas, un complemento muy bueno para el resto del plato. Aunque cada elemento (el pato, la croqueta y el zucchini) por sí sólo no eran precisamente efervescentes, al combinar los tres en un sólo bocado y junto con la salsa, se lograba algo muy interesante, combinando texturas y sabores complementarios.
Pregunté al mesero si la salsa tenía alguna clase de vino. El mesero, muy cómicamente sacó de su bolsa un fajo de fotocopias que me recordó el chivo para un examen, y me confirmó que la salsa no tenía vino, sino tomillo y pimienta. Seré yo, pero la presencia de una ramita de tomillo como adorno hubiera realzado el aroma de esa noble especia.
De postre pedí un mousse de chocolate. Cuando me llevaron el mousse pensé: "noo, n'hombre, si no íbamos tan maaal, cómo v'a seeerr, ¿que pasó...que pasó..?" El mousse me lo sirvieron de la manera más deslucida posible: una copa empañada, como recién sacada del enfriador, donde estaba desde saber qué hora, sobre una porcelana blanca y una servilleta blanca de papel como de dispensador de cafetería de los 70s. No tenía ni una hojita de menta, ni un chirulito de crema batida, o media guinda, ¡o lo que sea! hasta un pétalo de girasol hubiera mejorado la presentación. El mousse no estaba tan mal: chocolate fuerte, denso, convincente. Alguna variación de textura lo hubiera hecho más interesante. Pero, ¿qué les costaba adornarlo?
Curiosa combinación de platos en donde las texturas y consistencias parecen tener más atención que los aromas y la presentación, a Jean Fracois le confiero tres lenguas :P :P :P
El restaurante Jean Francois tiene una reputación notable. Es un lugar con decoración entre mediterránea y de cuernavaca. Por la noche puede ser muy romántico. Dentro del salón principal hay un gran florero, que cuando yo lo visité tenía girasoles, de muy buen gusto. Lástima las servilletas, menús y el POS que acompañaban al florero en la mesa central.
El bocadillo de cortesía es pan con mantequilla. Sin más. Mantequilla a temperatura ambiente.
Inicié mi comida con una ensalada de cangrejo azul. Creo que el cangrejo azul es la jaiba, pero no me tomen la palabra. El nombre de "cangrejo azul" me suena intrigante, misterioso, algo así como "el oscuro señor del sith", jejeje. Pero en esta ensalada, la fuerza no estuvo con el cangrejo. La ensalada tenía un esfuerzo exitoso en mezclar texturas interesantes: en fibroso cangrejo con pimientos crocantes, suave aguacate y burbujeantes gajos de naranja picada. El resultado, sin embargo, me resultó insípido. Sin aromas destacados. Muy a lo lejos, combinando la ensalada con las plataninas que le rodeaban (algo así como "ensalada de atún a la tortrix") se podía sentir un toque de aceite de oliva. Creo que el orégano le va bien al aguacate, el cilantro al cangrejo, y el perejil a la naranja. Así puede haber muchos aromas interesantes, y me sorprendió que la ensalada no contara con ninguno.
Mi plato fuerte fue un pato al vinagre balsámico. La pechuga de pato con la piel dorada evidenciaba una técnica muy bien dominada y un punto de cocimiento inmejorable. Estaba acompañado de zucchini, que no es mi favorito, y tampoco era muy aromático. La salsa era enérgica, tanto que con el primer bocado sentí una bofetada, pero de esas que te despiertan y te provocan interés. Tampoco la sentí muy aromatizada. El plato tenía tres croquetas, como de papa y queso, empanizadas, un complemento muy bueno para el resto del plato. Aunque cada elemento (el pato, la croqueta y el zucchini) por sí sólo no eran precisamente efervescentes, al combinar los tres en un sólo bocado y junto con la salsa, se lograba algo muy interesante, combinando texturas y sabores complementarios.
Pregunté al mesero si la salsa tenía alguna clase de vino. El mesero, muy cómicamente sacó de su bolsa un fajo de fotocopias que me recordó el chivo para un examen, y me confirmó que la salsa no tenía vino, sino tomillo y pimienta. Seré yo, pero la presencia de una ramita de tomillo como adorno hubiera realzado el aroma de esa noble especia.
De postre pedí un mousse de chocolate. Cuando me llevaron el mousse pensé: "noo, n'hombre, si no íbamos tan maaal, cómo v'a seeerr, ¿que pasó...que pasó..?" El mousse me lo sirvieron de la manera más deslucida posible: una copa empañada, como recién sacada del enfriador, donde estaba desde saber qué hora, sobre una porcelana blanca y una servilleta blanca de papel como de dispensador de cafetería de los 70s. No tenía ni una hojita de menta, ni un chirulito de crema batida, o media guinda, ¡o lo que sea! hasta un pétalo de girasol hubiera mejorado la presentación. El mousse no estaba tan mal: chocolate fuerte, denso, convincente. Alguna variación de textura lo hubiera hecho más interesante. Pero, ¿qué les costaba adornarlo?
Curiosa combinación de platos en donde las texturas y consistencias parecen tener más atención que los aromas y la presentación, a Jean Fracois le confiero tres lenguas :P :P :P
domingo, 10 de mayo de 2009
Restaurante J.K. Ming
Ubicado en la 4a avenida 12-59 zona 10, local 3 F, Plaza Fontabella. Teléfono 23671760.
Hay dos factores que no me permiten hacer una apropiada reseña de este restaurante. El primero fue que hice un "brunch" de celebración del día de la madre antes de llegar, por lo que no tenía mucho apetito. El segundo es que el lugar es sobrio, pero sin llegar a lo minimalista. Los meseros son tan delgados que parece que no les interesa la comida. La hostess, que creo que eso era la chica en vestido de quinceañera que vi cuando iba de salida, estaba para anunciar cualquier cosa, menos comida.
El lugar es agradable, sin duda, pero contrasta con el estereotipo de restaurante oriental: el que explota la condescendencia con la exageración decorativa de dragones, leones y los ubicuos dioses Fu, Lu y Shou.
Este planteamiento, sofisiticado pero poco apetitoso, me sembró un pequeño prejuicio que la comida no pudo revocar. Mi orden consistió en un Mu Shu de cerdo.
Decía el menú que eran vegetales con carne de cerdo acompañadas con crepas. Las crepas fueron un toque muy interesante, pues de la manera que estaban presentadas me sugerían más el estilo etiope que el estilo chino. El pato pequinés tiene una presentación parecida, pero con tortillas de harina.
También decía el menú que los vegetales incluían hongos shitake. Encontré que eso era más bien una broma, pues entre el repollo y retoño de soya (ambos muy bien logrados y sasonados en una salsa hoisin) había tal vez cuatro rodajas muy finas y breves de hongos.
Lo que no fue convincente del plato fue la carne. Consistente con la esbeltez de quienes lo sirven, el cerdo era de un corte demasiado magro para mi gusto, y cocido a un punto que resultó en una textura reseca y poco interesante.
De postre pedí un afogato de tapioca. Entendí que el plato incluía helado de vainilla, pero pedí que no lo pusieran, pues resultaría demasiado pesado. Cuando pedí la explicación de en qué consistía el afogato, el mesero demostró su dedicación en memorizar los ingredientes, describiéndolos a la perfección.
El afogato tenía una presentación atractiva: en una copa cónica se apreciaban capas de chocolate caliente sobre la base de tapioca fría, un contraste muy sugestivo. Sin embargo, el chocolate no se sentía de especial calidad, y al combinarse con la insípida tapioca no resultaba en la envolvente experiencia que uno espera en un postre. Tal vez fue mi culpa por haber excluido el helado de vainilla.
Había otros platos interesantes en el menú. Creo que regresaré para darle una segunda oportunidad. Total, un restaurante de comida china sin influencia de cevichería y TV de plasma es algo que merece ser explorado con detenimiento. Calificación: tres lenguas :P :P :P
Hay dos factores que no me permiten hacer una apropiada reseña de este restaurante. El primero fue que hice un "brunch" de celebración del día de la madre antes de llegar, por lo que no tenía mucho apetito. El segundo es que el lugar es sobrio, pero sin llegar a lo minimalista. Los meseros son tan delgados que parece que no les interesa la comida. La hostess, que creo que eso era la chica en vestido de quinceañera que vi cuando iba de salida, estaba para anunciar cualquier cosa, menos comida.
El lugar es agradable, sin duda, pero contrasta con el estereotipo de restaurante oriental: el que explota la condescendencia con la exageración decorativa de dragones, leones y los ubicuos dioses Fu, Lu y Shou.
Este planteamiento, sofisiticado pero poco apetitoso, me sembró un pequeño prejuicio que la comida no pudo revocar. Mi orden consistió en un Mu Shu de cerdo.
Decía el menú que eran vegetales con carne de cerdo acompañadas con crepas. Las crepas fueron un toque muy interesante, pues de la manera que estaban presentadas me sugerían más el estilo etiope que el estilo chino. El pato pequinés tiene una presentación parecida, pero con tortillas de harina.
También decía el menú que los vegetales incluían hongos shitake. Encontré que eso era más bien una broma, pues entre el repollo y retoño de soya (ambos muy bien logrados y sasonados en una salsa hoisin) había tal vez cuatro rodajas muy finas y breves de hongos.
Lo que no fue convincente del plato fue la carne. Consistente con la esbeltez de quienes lo sirven, el cerdo era de un corte demasiado magro para mi gusto, y cocido a un punto que resultó en una textura reseca y poco interesante.
De postre pedí un afogato de tapioca. Entendí que el plato incluía helado de vainilla, pero pedí que no lo pusieran, pues resultaría demasiado pesado. Cuando pedí la explicación de en qué consistía el afogato, el mesero demostró su dedicación en memorizar los ingredientes, describiéndolos a la perfección.
El afogato tenía una presentación atractiva: en una copa cónica se apreciaban capas de chocolate caliente sobre la base de tapioca fría, un contraste muy sugestivo. Sin embargo, el chocolate no se sentía de especial calidad, y al combinarse con la insípida tapioca no resultaba en la envolvente experiencia que uno espera en un postre. Tal vez fue mi culpa por haber excluido el helado de vainilla.
Había otros platos interesantes en el menú. Creo que regresaré para darle una segunda oportunidad. Total, un restaurante de comida china sin influencia de cevichería y TV de plasma es algo que merece ser explorado con detenimiento. Calificación: tres lenguas :P :P :P
sábado, 4 de abril de 2009
Restaurante Jake's
Ubicado en la 17 calle 10-40 zona 10, teléfono 2368-0351
La reputación precede a este lugar por mucho. Y no es ninguna decepción. El comensal es recibido por una entrada muy discreta pero encantadora: un umbral de adobe deteriorado, un muro añoso y llorón, cubierto con una frondosa tapia y después se pasa al jardín donde ya se aprecia el nada discreto concepto del restaurante. El jardín muy bien cuidado que aún combina con la presentación casi en ruinas de la entrada, da paso a una casa que parece estar silenciada con poco color y poco aderezo para que no denuncie tan escandalosamente su contraste con tales ruinas.
Con mucho ingenio Jake's ofrece un "financial stimulus menu" que consiste en agrupar entrada, plato fuerte, postre y café por docientos quetzales, sin propina y con una hora de parqueo. Si me preguntan a mí, un verdadero anzuelo para quienes como yo aspiran a que su presupuesto alcance para comer con lujo más seguido que cuando había prosperidad económica en el mundo.
Mordí el anzuelo. Pedí tal menú no sin antes asegurarme que los tamaños de las porciones serían iguales que los del menú normal. De cortesía sirven pan y mantequilla. Me dieron a elegir entre mantequilla normal y preparada y por supuesto pedí la preparada. Estaba a temperatura ambiente, lo que la hacía ver poco apetitosa y resultar resbalosa al paladar. Con pimientos y ajos era una mejora en comparación con la mantequilla simple que se compra en el súper, pero yo la hubiera preferido fría para una consistencia y presentación más agradable.
Mi entrada fue un crab cake. El mesero me advirtió que era una entrada pequeña, algo que yo no desconocía pero entiendo que la intención fue evitar una decepción. La decepción, sí llegó con el crab cake, no por su tamaño, ni mucho menos por su preparación, sino por su presentación.
Resulta que el crab cake estaba hecho decentemente, pero lo habían asentado sobre una salsa de aguacate y una retícula de ¡CREMA! y por encima también tenía ¡CREMA! Ahhh, inconfundible y desvergonzada, la vulgar retícula de crema parecía mofarse de mí diciendo: "¡y vos pensaste que en un restaurante de lujo no me ibas a encontrar así desnuda e impúdica! ¿no que sólo sobre comida rápida pues? ahora aguantate ¡¡jajaja, jajajajajaja, jajajaajaja!!" Su cómplice, la salsa de guacamol, paliducha y totalmente desencajada con el atractivo bronceado del crab cake, estaba allí, tirada, inmóvil y aburrida, sin tan siquiera quejarse de su cínica jefa, sino resignada a hacerle sus mandados y anunciar su insolencia.
En fin, disfruté como pude el crab cake y pedí mi plato fuerte. Por un momento estuve angustiado al no saber qué pedir entre tan interesantes nombres. Un razonamiento lógico me llevó a decidirme: Robalo Jake's. Si el plato tiene el nombre del lugar, debería ser toda una muestra de las más altas destrezas del chef ¿no?
Me llevaron mi Robalo Jake's y me di cuenta de lo equivocado que estaba. No era una catástrofe ni mucho menos. La salsa a base de crema estaba bien ataviada con mostaza dijon, pimienta verde, y un ligero reflejo lentejueloso que parecía delatar un toque de fond de veau. Así sí es aceptable la crema, bien casada y armonizada con aromas y texturas interesantes. El trozo de pescado estaba acompañado de un cono de arroz que hubiera hecho feliz a mi abuelita: amarillo, suelto y con vegetales, pero a mí me resultó poco original y decepcionante.
Hasta ahora, no estaba convencido de dar una calificación alta a Jake's. Pero justo cuando menos me lo esperaba, apareció al rescate el postre. Reposando sobre una salsa de caramelo y una de dulce de leche (que bien pudo haber sido leche condensada para reforzar la atmósfera de comida rápida) se asentaba el budín de chocolate. Fue una sorpresa total: un budín tipo english bread pudding, caliente y acogedor. Lo probé y fue como sentirme abrazado por un fraile bromista y regordete que quiere convencerte de que eres un buen ladrón y que después de una buena comida y una larga siesta, estarás listo para enfrentar al malvado sheriff de Nottingham.
Con una consistencia excelente y una oscilación de sabores que iba del banano al chocolate y de regreso, el postre fue el héroe de la comida. Hasta me hizo olvidar el sutil olor a creolina que salía de la cocina o del baño...(no me volveré a sentar en la mesa que está cerca del baño).
Creo, sin embargo, que el nombre no es el apropiado. No era lo suficientemente chocolatoso como se podría pensar. Yo preferiría llamarlo "budín inglés de pan" o tal vez sólo "budín inglés". Pues sí, la deliciosa y caliente masa era de pan. Lo confirmé con el mesero, a quien parecía darle vergüenza admitirlo.
Estoy seguro que en este restaurante habrán platos que me dejarán una mejor impresión, pero por el momento, y básicamente rescatado por su excelente postre, no le daré a Jake's más de cuatro lenguas :P :P :P :P
La reputación precede a este lugar por mucho. Y no es ninguna decepción. El comensal es recibido por una entrada muy discreta pero encantadora: un umbral de adobe deteriorado, un muro añoso y llorón, cubierto con una frondosa tapia y después se pasa al jardín donde ya se aprecia el nada discreto concepto del restaurante. El jardín muy bien cuidado que aún combina con la presentación casi en ruinas de la entrada, da paso a una casa que parece estar silenciada con poco color y poco aderezo para que no denuncie tan escandalosamente su contraste con tales ruinas.
Con mucho ingenio Jake's ofrece un "financial stimulus menu" que consiste en agrupar entrada, plato fuerte, postre y café por docientos quetzales, sin propina y con una hora de parqueo. Si me preguntan a mí, un verdadero anzuelo para quienes como yo aspiran a que su presupuesto alcance para comer con lujo más seguido que cuando había prosperidad económica en el mundo.
Mordí el anzuelo. Pedí tal menú no sin antes asegurarme que los tamaños de las porciones serían iguales que los del menú normal. De cortesía sirven pan y mantequilla. Me dieron a elegir entre mantequilla normal y preparada y por supuesto pedí la preparada. Estaba a temperatura ambiente, lo que la hacía ver poco apetitosa y resultar resbalosa al paladar. Con pimientos y ajos era una mejora en comparación con la mantequilla simple que se compra en el súper, pero yo la hubiera preferido fría para una consistencia y presentación más agradable.
Mi entrada fue un crab cake. El mesero me advirtió que era una entrada pequeña, algo que yo no desconocía pero entiendo que la intención fue evitar una decepción. La decepción, sí llegó con el crab cake, no por su tamaño, ni mucho menos por su preparación, sino por su presentación.
Resulta que el crab cake estaba hecho decentemente, pero lo habían asentado sobre una salsa de aguacate y una retícula de ¡CREMA! y por encima también tenía ¡CREMA! Ahhh, inconfundible y desvergonzada, la vulgar retícula de crema parecía mofarse de mí diciendo: "¡y vos pensaste que en un restaurante de lujo no me ibas a encontrar así desnuda e impúdica! ¿no que sólo sobre comida rápida pues? ahora aguantate ¡¡jajaja, jajajajajaja, jajajaajaja!!" Su cómplice, la salsa de guacamol, paliducha y totalmente desencajada con el atractivo bronceado del crab cake, estaba allí, tirada, inmóvil y aburrida, sin tan siquiera quejarse de su cínica jefa, sino resignada a hacerle sus mandados y anunciar su insolencia.
En fin, disfruté como pude el crab cake y pedí mi plato fuerte. Por un momento estuve angustiado al no saber qué pedir entre tan interesantes nombres. Un razonamiento lógico me llevó a decidirme: Robalo Jake's. Si el plato tiene el nombre del lugar, debería ser toda una muestra de las más altas destrezas del chef ¿no?
Me llevaron mi Robalo Jake's y me di cuenta de lo equivocado que estaba. No era una catástrofe ni mucho menos. La salsa a base de crema estaba bien ataviada con mostaza dijon, pimienta verde, y un ligero reflejo lentejueloso que parecía delatar un toque de fond de veau. Así sí es aceptable la crema, bien casada y armonizada con aromas y texturas interesantes. El trozo de pescado estaba acompañado de un cono de arroz que hubiera hecho feliz a mi abuelita: amarillo, suelto y con vegetales, pero a mí me resultó poco original y decepcionante.
Hasta ahora, no estaba convencido de dar una calificación alta a Jake's. Pero justo cuando menos me lo esperaba, apareció al rescate el postre. Reposando sobre una salsa de caramelo y una de dulce de leche (que bien pudo haber sido leche condensada para reforzar la atmósfera de comida rápida) se asentaba el budín de chocolate. Fue una sorpresa total: un budín tipo english bread pudding, caliente y acogedor. Lo probé y fue como sentirme abrazado por un fraile bromista y regordete que quiere convencerte de que eres un buen ladrón y que después de una buena comida y una larga siesta, estarás listo para enfrentar al malvado sheriff de Nottingham.
Con una consistencia excelente y una oscilación de sabores que iba del banano al chocolate y de regreso, el postre fue el héroe de la comida. Hasta me hizo olvidar el sutil olor a creolina que salía de la cocina o del baño...(no me volveré a sentar en la mesa que está cerca del baño).
Creo, sin embargo, que el nombre no es el apropiado. No era lo suficientemente chocolatoso como se podría pensar. Yo preferiría llamarlo "budín inglés de pan" o tal vez sólo "budín inglés". Pues sí, la deliciosa y caliente masa era de pan. Lo confirmé con el mesero, a quien parecía darle vergüenza admitirlo.
Estoy seguro que en este restaurante habrán platos que me dejarán una mejor impresión, pero por el momento, y básicamente rescatado por su excelente postre, no le daré a Jake's más de cuatro lenguas :P :P :P :P
jueves, 26 de febrero de 2009
Lai Lai Dim Sum
Se sirve el Dim Sum, o Yam Cha en cantonés, en el local ubicado en la 12 calle 5-27 z 9. Tel. 23316507, 23344988
A manera de brunch fui una vez más a Lai Lai a degustar los bocadillos de Yam Cha. Como he indicado en la entrada anterior sobre este lugar, el ambiente no es lo que motiva a visitarlo.
En mi más reciente visita probé 12 bocadillos. Son baratos y ricos, por lo que es una fantástica opción para brunch.
Probé tres bocadillos deslucidos: la tela de arroz con char siu, con carne que me pareció recalentada; las albóndigas de res que las sentí insípidas y las tartaletas de huevo, cuyo hojaldre encontré reseco y sin frescura.
Seis bocadillos estuvieron a la altura: el primero fue el ja gao, (aquí llamado ja kaw) que son canastitas de tela de arroz al vapor rellenas de camarón, en una base de una rodaja de zanahoria. Es una tela semi transparente, que permite apreciar con integridad el relleno a la vez que complementa dicho relleno con el aroma y consistencias neutras del arroz. El segundo fue el siu mai, bocadillos de carne de cerdo en una tela un poco más gruesa y gelatinosa, de color aceituna.
El tercer bocadillo que estuvo bien fue el de castaña de agua con elote. Con una consistencia semi cristalizada y un poco gelatinosa a la vez, tiene un sabor dulce muy discreto y una consistencia muy agradable. El cuarto fueron las bolitas de ajonjolí. Fritas en mucho aceite, estas bolitas son crujientes y aromáticas por fuera y dulces y chiclosas por dentro. Un deleite con ese aroma tan distintivo de ajonjolí.
El quinto bocadillo agradable fue la tela de arroz rellena de pescado. Esta tela es más gruesa que la del ja kaw, un tanto elástica, combina maravillosamente con la salsa soya y un relleno fresco. El pescado se sentía mejor que el relleno de char siu anteriormente mencionado.
El sexto bocadillo fue el bollo con manjar. Un panito muy curioso, blanco como masita antes de convertirse en tortilla, pero elástico y casi espumoso como turrón. Estaba relleno con una especie de pasta pastelera más bien ordinaria.
Tres bocadillos me resultaron sobresalientes. El primero es el char siu pau, que es el mismo panito del bollo con manjar, pero relleno con la carne agridulce char siu. El bollo blanco se abre como una flor, a manera de los besitos, panes de manteca populares hace unos veinte años. En su centro partido en cruz se pone char siu con una salsa obscura cuya intensidad de sabor contrasta con el neutro esponjoso del bollo. Este char siu me pareció más fresco que el anterior.
El segundo fue el bocadillo de malanga. Dulce composición de tubérculo y probablemente gelatina, frito en mucho aceite, que viene muy bien para reemplazar sin ningún complejo de inferioridad a un panqueque o una tostada a la francesa.
El último bocadillo sobresaliente fue la panza de res. Las tiras de panza son asociadas con comida de bolo, pero este injusto estereotipo se rompe con este platillo. Las tiras se sazonan con una agresiva salsa pimientosa y aromática. La panza, que es elástica, dura y esponjosa a la vez, se beneficia mucho de ese toque provocador e intrigante que da la salsa. No es fácil identificar los aromas de la salsa, pero me aventuraría a decir que tiene anís de estrella y tal vez frijol de soya amarillo.
Siempre una experiencia interesante, tres lenguas y media para el Dim Sum (Yam Cha) de Lai Lai :P :P :P :p
A manera de brunch fui una vez más a Lai Lai a degustar los bocadillos de Yam Cha. Como he indicado en la entrada anterior sobre este lugar, el ambiente no es lo que motiva a visitarlo.
En mi más reciente visita probé 12 bocadillos. Son baratos y ricos, por lo que es una fantástica opción para brunch.
Probé tres bocadillos deslucidos: la tela de arroz con char siu, con carne que me pareció recalentada; las albóndigas de res que las sentí insípidas y las tartaletas de huevo, cuyo hojaldre encontré reseco y sin frescura.
Seis bocadillos estuvieron a la altura: el primero fue el ja gao, (aquí llamado ja kaw) que son canastitas de tela de arroz al vapor rellenas de camarón, en una base de una rodaja de zanahoria. Es una tela semi transparente, que permite apreciar con integridad el relleno a la vez que complementa dicho relleno con el aroma y consistencias neutras del arroz. El segundo fue el siu mai, bocadillos de carne de cerdo en una tela un poco más gruesa y gelatinosa, de color aceituna.
El tercer bocadillo que estuvo bien fue el de castaña de agua con elote. Con una consistencia semi cristalizada y un poco gelatinosa a la vez, tiene un sabor dulce muy discreto y una consistencia muy agradable. El cuarto fueron las bolitas de ajonjolí. Fritas en mucho aceite, estas bolitas son crujientes y aromáticas por fuera y dulces y chiclosas por dentro. Un deleite con ese aroma tan distintivo de ajonjolí.
El quinto bocadillo agradable fue la tela de arroz rellena de pescado. Esta tela es más gruesa que la del ja kaw, un tanto elástica, combina maravillosamente con la salsa soya y un relleno fresco. El pescado se sentía mejor que el relleno de char siu anteriormente mencionado.
El sexto bocadillo fue el bollo con manjar. Un panito muy curioso, blanco como masita antes de convertirse en tortilla, pero elástico y casi espumoso como turrón. Estaba relleno con una especie de pasta pastelera más bien ordinaria.
Tres bocadillos me resultaron sobresalientes. El primero es el char siu pau, que es el mismo panito del bollo con manjar, pero relleno con la carne agridulce char siu. El bollo blanco se abre como una flor, a manera de los besitos, panes de manteca populares hace unos veinte años. En su centro partido en cruz se pone char siu con una salsa obscura cuya intensidad de sabor contrasta con el neutro esponjoso del bollo. Este char siu me pareció más fresco que el anterior.
El segundo fue el bocadillo de malanga. Dulce composición de tubérculo y probablemente gelatina, frito en mucho aceite, que viene muy bien para reemplazar sin ningún complejo de inferioridad a un panqueque o una tostada a la francesa.
El último bocadillo sobresaliente fue la panza de res. Las tiras de panza son asociadas con comida de bolo, pero este injusto estereotipo se rompe con este platillo. Las tiras se sazonan con una agresiva salsa pimientosa y aromática. La panza, que es elástica, dura y esponjosa a la vez, se beneficia mucho de ese toque provocador e intrigante que da la salsa. No es fácil identificar los aromas de la salsa, pero me aventuraría a decir que tiene anís de estrella y tal vez frijol de soya amarillo.
Siempre una experiencia interesante, tres lenguas y media para el Dim Sum (Yam Cha) de Lai Lai :P :P :P :p
domingo, 15 de febrero de 2009
Restaurante ONE
Ubicado en la 14 calle 4-74 z 10
Siempre he desconfiado de los restaurantes que se esmeran demasiado en parecer minimalistas. Ha de ser una cuestión de malas experiencias: comida recién descongelada, recalentada o sin buena sazón.
ONE resultó ser una excepción en cuanto a la frescura de los ingredientes. Está decorado con mucha dedicación, y es como una mujer cuarentona que va donde un cuestionado cirujano plástico, resultando una belleza irrefutable, pero muy alejada de lo natural. Sin duda, es cuestión de gustos, y como yo ya superé mi etapa minimalista, ahora no venero tanto este estilo como lo hacía hace unos diez años. Estoy seguro que a quien guste del minimalismo, el ambiente de ONE le vendrá mejor que a mí.
Pero vayamos a la comida, que es lo central para nosotros. De cortesía me sirvieron un chirulo, bueno, disculpen, tal vez no debería utilizar esta palabra pero me pareció la más adecuada, era un cono cremoso y breve, de queso crema con un toque de queso azul y cilantro, rodeado de aceite y vinagre balsámico y decorado con semillas de ajonjolí, para untar en panitos tostados. El chirulo estaba muy bueno. Mucho más original e interesante que otras pastas o ingredientes para untar de la competencia.
La entrada consistió en ravioles de arroz, camarón, jengibre, menta y leche de coco. El menú fallo en indicar el ingrediente principal de los ravioles: retoño de soya. La tela de los ravioles me recordó al sa ho fan, una tela de arroz ancha y un tanto elástica, muy deliciosa. La salsa aromatizada con coco y con un delicado balance entre espesura y sabor fue el toque maestro para este plato. Dentro, un camarón sin muchos atributos, rodeado de retoño de soya. Apreciada en su integridad, la entrada es un éxito, pero el menú debiera ser más honesto en cuanto a la soya.
Los platos fuertes que probé fueron la pechuga de pato con algas marinadas en vinagre de arroz y aceite de ajonjolí y el stir fry de fideos de arroz al tamarindo, coco y camarones perfumados con jengibre. No trate usted de nombrar estos dos platos de un solo aliento que se asfixiará.
La pechuga de pato era muy consistente con el concepto del restaurante: cortada en piezas ortogonales, para un solo bocado, en el punto justo de cocimiento y en cantidad estrictamente suficiente para ser considerada plato fuerte. Las pedí acompañadas de puré de papas, una acertada intuición. El puré, si bien no más abundante que una latita de pomada GMS (para raspones, caídas e inflamaciones), tenía un fuerte aroma a ajo, un contraste magnífico con el endulzado pato.
El pato estaba bañado de una salsa con complejas notas cítricas y de especias, tal vez cardamomo y pimienta, ligeramente dulce y con sutil consistencia. Un plato que puedo calificar de exitoso, pero tenía un gran defecto: las nalgas, perdón, digo algas, del patoconalgas ¡NO ESTABAN POR NINGÚN LADO! Tampoco aprecié ningún aceite de ajonjolí. En el menú hay otro plato, el doble de caro, que se llama "pechugas (sí, en plural) de pato a la reducción de naranja y porcini". Sospecho que se quedaron sin los debidos ingredientes para mi plato y para taparle el ojo al macho, pusieron la salsa de reducción de naranja sobre mi patosinalgas y me lo sirvieron abusando de mi candidez en cuanto a cocina fusion.
Esto me lleva a opinar sobre el servicio. Si bien habían dos meseros atentos al área donde hay unas cuatro mesas, uno parecía totalmente desconocedor del menú y del negocio, y el otro, con más experiencia, pero sin el conocimiento suficiente tampoco. Antes de pedir el pato consideré ordenar mariscos. Pregunté al mesero sobre la trucha y el pulpo, cuál de los dos estaría más fresco. Su respuesta fue la convencional de un mesero con cierta experiencia: "ambos están muy frescos". Mmm, eso me hizo dudar de que realmente estuviera al tanto, y por eso preferí el pato.
Regresando a lo que sí comí, toca comentar el stir fry de fideos. Un plato con un volumen bastante más convencional (léase más comida) y secciones con diferentes texturas y sabores. Muy bien hecho a un precio accesible. La pasta tenía un punto de cocimiento muy bien logrado.
Después de tanta comida dulzona, acompañada de un amaretto sour también dulce, pocas ganas me quedaron para un postre, pero sacrificándome para poder hacer una crítica completa del lugar, pedí una creme brulee con agua de rosas.
La presentación de este plato estuvo excelente. Una galleta de mantequilla larga a manera de mástil de velero y una fresa fresca complementaron bien este postre interesante que sí tenía aroma a rosas, aunque no tan intenso como hubiera deseado.
Pregunté sobre el sello de ticket de parqueo, saben, esas majaderías tan propias de nosotros los guatemaltecos. Me contestaron que efectivamente en el lugar en que me había estacionado, ellos daban cierto tiempo de cortesía. Al fin de la velada me dirigí al parqueo y el empleado me dijo que esa noche no estaban aceptando sellos de ONE.
Posteriormente, al revisar la cuenta, me fijé en que me habían cobrado 40 quetzales de más. Fue el colmo de las deshonestidades.
Ravioles de soya que no lo dicen; patoconalgas, pero sin ellas; sellos de parqueo que no son aceptados y Q40 de cobro fantasma, son demasiadas falsedades para una sola noche. Si bien los guatemaltecos estamos acostumbrados a las estafas y extorsiones (el extorsionista que "cuida" los carros parqueados en la banqueta cobaraba -me dijo- Q20) y siempre debemos estar alertas, es el colmo que haya que tener tanto cuidado en un restaurante que se precia de digno.
Tal vez usted quiera disfrutar de la comida de ONE estando más alerta que este comensal, buena suerte. Yo no pienso volver a hacerlo, y esto reafirma mi desconfianza en restaurantes minimalistas. Por eso, a ONE, le saco ONE lengua :P
Siempre he desconfiado de los restaurantes que se esmeran demasiado en parecer minimalistas. Ha de ser una cuestión de malas experiencias: comida recién descongelada, recalentada o sin buena sazón.
ONE resultó ser una excepción en cuanto a la frescura de los ingredientes. Está decorado con mucha dedicación, y es como una mujer cuarentona que va donde un cuestionado cirujano plástico, resultando una belleza irrefutable, pero muy alejada de lo natural. Sin duda, es cuestión de gustos, y como yo ya superé mi etapa minimalista, ahora no venero tanto este estilo como lo hacía hace unos diez años. Estoy seguro que a quien guste del minimalismo, el ambiente de ONE le vendrá mejor que a mí.
Pero vayamos a la comida, que es lo central para nosotros. De cortesía me sirvieron un chirulo, bueno, disculpen, tal vez no debería utilizar esta palabra pero me pareció la más adecuada, era un cono cremoso y breve, de queso crema con un toque de queso azul y cilantro, rodeado de aceite y vinagre balsámico y decorado con semillas de ajonjolí, para untar en panitos tostados. El chirulo estaba muy bueno. Mucho más original e interesante que otras pastas o ingredientes para untar de la competencia.
La entrada consistió en ravioles de arroz, camarón, jengibre, menta y leche de coco. El menú fallo en indicar el ingrediente principal de los ravioles: retoño de soya. La tela de los ravioles me recordó al sa ho fan, una tela de arroz ancha y un tanto elástica, muy deliciosa. La salsa aromatizada con coco y con un delicado balance entre espesura y sabor fue el toque maestro para este plato. Dentro, un camarón sin muchos atributos, rodeado de retoño de soya. Apreciada en su integridad, la entrada es un éxito, pero el menú debiera ser más honesto en cuanto a la soya.
Los platos fuertes que probé fueron la pechuga de pato con algas marinadas en vinagre de arroz y aceite de ajonjolí y el stir fry de fideos de arroz al tamarindo, coco y camarones perfumados con jengibre. No trate usted de nombrar estos dos platos de un solo aliento que se asfixiará.
La pechuga de pato era muy consistente con el concepto del restaurante: cortada en piezas ortogonales, para un solo bocado, en el punto justo de cocimiento y en cantidad estrictamente suficiente para ser considerada plato fuerte. Las pedí acompañadas de puré de papas, una acertada intuición. El puré, si bien no más abundante que una latita de pomada GMS (para raspones, caídas e inflamaciones), tenía un fuerte aroma a ajo, un contraste magnífico con el endulzado pato.
El pato estaba bañado de una salsa con complejas notas cítricas y de especias, tal vez cardamomo y pimienta, ligeramente dulce y con sutil consistencia. Un plato que puedo calificar de exitoso, pero tenía un gran defecto: las nalgas, perdón, digo algas, del patoconalgas ¡NO ESTABAN POR NINGÚN LADO! Tampoco aprecié ningún aceite de ajonjolí. En el menú hay otro plato, el doble de caro, que se llama "pechugas (sí, en plural) de pato a la reducción de naranja y porcini". Sospecho que se quedaron sin los debidos ingredientes para mi plato y para taparle el ojo al macho, pusieron la salsa de reducción de naranja sobre mi patosinalgas y me lo sirvieron abusando de mi candidez en cuanto a cocina fusion.
Esto me lleva a opinar sobre el servicio. Si bien habían dos meseros atentos al área donde hay unas cuatro mesas, uno parecía totalmente desconocedor del menú y del negocio, y el otro, con más experiencia, pero sin el conocimiento suficiente tampoco. Antes de pedir el pato consideré ordenar mariscos. Pregunté al mesero sobre la trucha y el pulpo, cuál de los dos estaría más fresco. Su respuesta fue la convencional de un mesero con cierta experiencia: "ambos están muy frescos". Mmm, eso me hizo dudar de que realmente estuviera al tanto, y por eso preferí el pato.
Regresando a lo que sí comí, toca comentar el stir fry de fideos. Un plato con un volumen bastante más convencional (léase más comida) y secciones con diferentes texturas y sabores. Muy bien hecho a un precio accesible. La pasta tenía un punto de cocimiento muy bien logrado.
Después de tanta comida dulzona, acompañada de un amaretto sour también dulce, pocas ganas me quedaron para un postre, pero sacrificándome para poder hacer una crítica completa del lugar, pedí una creme brulee con agua de rosas.
La presentación de este plato estuvo excelente. Una galleta de mantequilla larga a manera de mástil de velero y una fresa fresca complementaron bien este postre interesante que sí tenía aroma a rosas, aunque no tan intenso como hubiera deseado.
Pregunté sobre el sello de ticket de parqueo, saben, esas majaderías tan propias de nosotros los guatemaltecos. Me contestaron que efectivamente en el lugar en que me había estacionado, ellos daban cierto tiempo de cortesía. Al fin de la velada me dirigí al parqueo y el empleado me dijo que esa noche no estaban aceptando sellos de ONE.
Posteriormente, al revisar la cuenta, me fijé en que me habían cobrado 40 quetzales de más. Fue el colmo de las deshonestidades.
Ravioles de soya que no lo dicen; patoconalgas, pero sin ellas; sellos de parqueo que no son aceptados y Q40 de cobro fantasma, son demasiadas falsedades para una sola noche. Si bien los guatemaltecos estamos acostumbrados a las estafas y extorsiones (el extorsionista que "cuida" los carros parqueados en la banqueta cobaraba -me dijo- Q20) y siempre debemos estar alertas, es el colmo que haya que tener tanto cuidado en un restaurante que se precia de digno.
Tal vez usted quiera disfrutar de la comida de ONE estando más alerta que este comensal, buena suerte. Yo no pienso volver a hacerlo, y esto reafirma mi desconfianza en restaurantes minimalistas. Por eso, a ONE, le saco ONE lengua :P
jueves, 5 de febrero de 2009
Restaurante Lai Lai
Ubicado en la 12 calle 5-27 zona 9 y Centro comercial San Sebastian en Puerta Parada.
Hay lugares que esconden sorpresas agradables. El problema es que para llegar a las sorpresas hay que pasar por ciertos callejones nada agradables. Este es el caso de Lai Lai.
No es un lugar suntuoso ni mucho menos. En la sucursal de San Sebastian tienen un acuario con potencial, pero totalmente descuidado, con peces infectados de ichthyophthirius, muy desagradable al menos cuando yo lo visité en diciembre de 2008.
No creo que nadie visite este lugar por su ambiente, sino por su comida. Muchos de los platos son simples combinaciones de ingredientes con aceite, glutamato monosódico y salsa de soya. Son comidas que se encuentran en cualquier cafetería china por lo que no vale la pena referirse a ellas. En cuanto a bebidas, cocteles y naranjadas, nunca he probado ninguna que valga la pena. Un te pou nei o té de jazmín sería lo apropiado.
Hay tres comidas que a mi juicio sí valen mucho la pena. La primera es el lechón. Un tierno animalito que lo sirven con piel crujiente y carne suave y grasosa. Lo he probado acompañado de una salsa obscura que parece estar hecha a base de chocolate, pero podría equivocarme. Creo que sólo lo hacen los viernes y por encargo.
Su superficie dorada, casi cristalizada y su interior aromático y rico en triglicéridos, es una caricia para el paladar. Hay que comerlo bien caliente, recién servido, de lo contrario pierde muchas de sus propiedades.
El segundo plato es el pato rostizado. Es bastante parecido al lechón, pero con la más variada textura de las diversas partes de esta ave exquisita. A diferencia del lechón, el pato lo usan como ingrediente en sopas y otros platos. No lo recomiendo. Me parece que este animal hay que comerlo, al igual que el lechón, como un plato individual. Tal vez acompañado de choi sam o algún otro vegetal sano al vapor.
El tercer plato es el robalo al vapor. O róbalo si lo prefiere. Un plato que no es complicado, pero que requiere sensibilidad para conservar un pescado jugoso, nacarado y firme. Ese pescado se aromatiza con cebollines y jengibre finamente picados, un poco de cilantro, aceite y salsa, que puede ser de soya o de ostras (¡que viva el sodio!). También peparan este plato con tilapia, que cuando es fresca no queda nada mal, pero es incomparable con la delicadeza del robalo.
Una cosa más vale mucho la pena en Lai Lai Montúfar: el dim sum de los domingos a media mañana. No se pierda los ja gao y la tela de arroz con camarones o pescado. El dim sum es un concepto culinario maravilloso. Lástima que no sea común en Guatemala. El otro lugar donde lo servían era Yue Lai, pero ese restaurante ya no existe.
Tres lenguas y media para Lai Lai que entre muchas cosas comunes, tiene interesantes tesoros :P :P :P :p
Hay lugares que esconden sorpresas agradables. El problema es que para llegar a las sorpresas hay que pasar por ciertos callejones nada agradables. Este es el caso de Lai Lai.
No es un lugar suntuoso ni mucho menos. En la sucursal de San Sebastian tienen un acuario con potencial, pero totalmente descuidado, con peces infectados de ichthyophthirius, muy desagradable al menos cuando yo lo visité en diciembre de 2008.
No creo que nadie visite este lugar por su ambiente, sino por su comida. Muchos de los platos son simples combinaciones de ingredientes con aceite, glutamato monosódico y salsa de soya. Son comidas que se encuentran en cualquier cafetería china por lo que no vale la pena referirse a ellas. En cuanto a bebidas, cocteles y naranjadas, nunca he probado ninguna que valga la pena. Un te pou nei o té de jazmín sería lo apropiado.
Hay tres comidas que a mi juicio sí valen mucho la pena. La primera es el lechón. Un tierno animalito que lo sirven con piel crujiente y carne suave y grasosa. Lo he probado acompañado de una salsa obscura que parece estar hecha a base de chocolate, pero podría equivocarme. Creo que sólo lo hacen los viernes y por encargo.
Su superficie dorada, casi cristalizada y su interior aromático y rico en triglicéridos, es una caricia para el paladar. Hay que comerlo bien caliente, recién servido, de lo contrario pierde muchas de sus propiedades.
El segundo plato es el pato rostizado. Es bastante parecido al lechón, pero con la más variada textura de las diversas partes de esta ave exquisita. A diferencia del lechón, el pato lo usan como ingrediente en sopas y otros platos. No lo recomiendo. Me parece que este animal hay que comerlo, al igual que el lechón, como un plato individual. Tal vez acompañado de choi sam o algún otro vegetal sano al vapor.
El tercer plato es el robalo al vapor. O róbalo si lo prefiere. Un plato que no es complicado, pero que requiere sensibilidad para conservar un pescado jugoso, nacarado y firme. Ese pescado se aromatiza con cebollines y jengibre finamente picados, un poco de cilantro, aceite y salsa, que puede ser de soya o de ostras (¡que viva el sodio!). También peparan este plato con tilapia, que cuando es fresca no queda nada mal, pero es incomparable con la delicadeza del robalo.
Una cosa más vale mucho la pena en Lai Lai Montúfar: el dim sum de los domingos a media mañana. No se pierda los ja gao y la tela de arroz con camarones o pescado. El dim sum es un concepto culinario maravilloso. Lástima que no sea común en Guatemala. El otro lugar donde lo servían era Yue Lai, pero ese restaurante ya no existe.
Tres lenguas y media para Lai Lai que entre muchas cosas comunes, tiene interesantes tesoros :P :P :P :p
sábado, 31 de enero de 2009
Restaurante Hacienda Real
Localizado en Condado Concepción, carretera a El Salvador.
Esta es la clase de lugar que me hace sentir el dueño de las vacas. Una construcción y decoración rústicas pero a la vez lujosa, con cueros, madera, velas, piedra, muy bien concebida. El lugar es un atractivo para personas con guardaespaldas, lo que me hace sentir como un millonario ranchero, rodeado de camionetonas de doble tracción con gente armada.
El servicio es excelente. Consomé de cortesía como lo manda la tradición de los lugares de carne asada.
En cuanto a la comida, no se ganan un premio a la creatividad, pero no por ello es mala. Los típicos cortes de puyazo y lomito son jugosos y aromáticos. El chuletón me resultó seco y algo soso. El ceviche mixto creo que abusa del calamar para ahorrar costo, pero es bueno. El ceviche de concha también se siente fresco y bien preparado. El ceviche de pescado no me convenció en cuanto a frescura.
El menú se especializa en carnes y los antojitos (frijoles, guacamol, chirmol, embutidos) y un pescado y algunos mariscos, pero prácticamente todo a la parrilla, es decir, sin mucha ciencia culinaria de por medio. Las guarniciones son una papa en papel de aluminio y una mazorca de maíz.
Ciertos días hay un trío de cuerdas que entretiene a los comensales.
Un negocio muy exitoso, y buen lugar para las muchas personas que gustan de la parrilla. ¿Así, por qué preocuparse por el arte?
Calificación: Cuatro lenguas :P :P :P :P
Esta es la clase de lugar que me hace sentir el dueño de las vacas. Una construcción y decoración rústicas pero a la vez lujosa, con cueros, madera, velas, piedra, muy bien concebida. El lugar es un atractivo para personas con guardaespaldas, lo que me hace sentir como un millonario ranchero, rodeado de camionetonas de doble tracción con gente armada.
El servicio es excelente. Consomé de cortesía como lo manda la tradición de los lugares de carne asada.
En cuanto a la comida, no se ganan un premio a la creatividad, pero no por ello es mala. Los típicos cortes de puyazo y lomito son jugosos y aromáticos. El chuletón me resultó seco y algo soso. El ceviche mixto creo que abusa del calamar para ahorrar costo, pero es bueno. El ceviche de concha también se siente fresco y bien preparado. El ceviche de pescado no me convenció en cuanto a frescura.
El menú se especializa en carnes y los antojitos (frijoles, guacamol, chirmol, embutidos) y un pescado y algunos mariscos, pero prácticamente todo a la parrilla, es decir, sin mucha ciencia culinaria de por medio. Las guarniciones son una papa en papel de aluminio y una mazorca de maíz.
Ciertos días hay un trío de cuerdas que entretiene a los comensales.
Un negocio muy exitoso, y buen lugar para las muchas personas que gustan de la parrilla. ¿Así, por qué preocuparse por el arte?
Calificación: Cuatro lenguas :P :P :P :P
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