Ubicado en la 4a avenida, 14-11 zona 10.
El parqueo gratis se ha vuelto un atractivo en sí mismo para los restaurantes de la zona 10, y aunque el de Mr. Sushi no es particularmente grande, si uno llega temprano, puede sin problemas hacer uso de este cada vez más escaso servicio. Escogí la mesa más próxima a la fuente que tienen en la esquina noroeste del local, desde donde se pueden apreciar prácticamente todas las demás mesas.
Le pedí al mesero un té verde mientras examinaba el menú. Por primera vez reparé en que, casi inconscientemente, las fotografías del menú me inducían a decidirme por los distintos platillos. Ví la foto de la sopa sumashi, y no tuve qué pensarlo mas. De beber pedí un té verde, y como platos fuertes, un tuna roast y un tuna roll.
El mesero me llevó el té verde en una jarrillita, pero sin tapadera. La bolsita, típicamente comercial, me representó una oportunidad perdida para probar una infusión interesante. Esto fue de alguna manera compensado por la, esa sí, interesante sopa sumashi. Un caldo ligero, con trozos de pescado, dos camarones divididos por la mitad, para que parezcan cuatro, y dos fideitos blancos muy curiosos, como tentáculos, que junto con los demás ingredientes, presentaban un cuadro que más bien parecía un acuario, en el que los tentáculos de anémonas se mueven con la corriente, sueltan un aroma marítimo, y se rodean de crustáceos que despiertan el apetito.
En redundante combinación me metí al ordenar tanto filete de atún como sushi de atún. El atún tiene ácidos grasos omega 3, dicen, y no sé qué más propiedades, que deberían ayudarme a bajar los triglicéridos. No sé si se me habrán bajado los susodichos lípidos, pero sí se me bajó el entusiasmo cuando noté que las verduras a la plancha que rodeaban mi filete, en contraste con ese jugoso corte, de provocativo aroma y suculenta consistencia, eran un trozo de zanahoria, uno de pimiento y uno de zucchini, que habían perdido su frescura hace ya algún tiempo. A eso se unió el arroz, cuya desaparecida esponjosidad me inspiró a alejar, por un momento, la vista de mi plato, sólo para encontrarme con la estampa de una señora, sentada a unos cinco metros de distancia, que tenía una blusa color morado, pantalón color morado, el pelo color morado, y que bebía una grapette. Las cosas en las que se fija uno...
Sobre el tuna roll no tengo objeción alguna. Estaba acompañado del omnipresente jengibre curtido, color morado en esta ocasión, y un wasabe inigualablemente amistoso, que se podía comer sin sufrir la embolia que siente uno la primera vez que se mete a la boca una bolita de esta pasta, sin saber de lo que se trata. Acompañado de la dulzona salsa de anguila, el tuna roll sí me pareció un bocadillo merecedor de toda mi atención.
Pero como todo llega a su fin, completamente satisfecho con mi roll, me quise quedar con un sabor dulce de boca, pero sin apetito para un postre, me decidí por un capuccino. Bebida estimulante y cremosa, el capuccino me hizo sentir demasiado culpable, por lo que lo dejé a la mitad, respetando los efectos benévolos que hayan dejado en mí esta combinación de nobles productos marinos, que de haber estado acompañados por guarniciones mejor cuidadas, me hubieran motivado a darle a Mr. Sushi más de tres lenguas y media :P :P :P :p
La Original Crítica Culinaria y Crítica de Restaurantes en Guatemala
domingo, 27 de junio de 2010
sábado, 5 de junio de 2010
Desayuno de rey
Dicen que para conservar la buena salud hay que desayunar como rey, almorzar como plebeyo y cenar como mendigo. La ventaja de desayunar como rey es que por lo regular, los desayunos son más baratos en los distintos restaurantes, en comparación con sus comidas fuertes.
Esta fue mi experiencia, una vez más, en Tre Fratteli de Condado Concepción. Por Q50 me di una gran comida, que espero me mantenga sin hambre hasta mañana. Me senté a la mesa con un montón de papeles que tenía que estudiar, entre proyectos de escrituras y declaraciones fiscales, y la prensa, por supuesto. Ya no tienen en las mesas los aparatitos de botones para llamar al mesero y pedir la cuenta, supongo que nunca sirvieron bien su propósito. El mesero me llevó el menú, de donde escogí unos huevos divorciados, y de guarnición pedí que sustituyeran los frijoles por las papas al romero que llaman "papas tre fratteli", lo que resultó ser muy buena elección. Iba a pedir unas tostadas a la francesa también, pero considerando que ponen pan, mantequilla y jalea de fresa de cortesía, ¿para qué gastar? El café también está incluido en el precio, y aunque no tengo costumbre de tomarlo, con tal de ahorrarme lo del jugo, me conformé con esa deshidratante bebida.
Cuando los platos de desayuno son desabrigados y yermos, lo que sucede con frecuencia, uno queda convencido de que pagar Q30 o Q40 por el platillo, es una estafa. No fue el caso de mis huevos divorciados. Después de acabar con la canastita de pan, untándolo con mantequilla y esa, cada vez menos natural, mermelada de fresas, me llevaron un plato muy bien guarnecido de dos huevos, uno con salsa verde y otro con salsa roja, sobre una ancha rodaja de pan caliente, comprimiendo de relleno entre ambos extremos, una capa de jamón. Las papas llenaban el resto del plato, coronado con tres o cuatro rodajitas de plátano frito y otras tres de piña. Pedí otra canastita con pan, también de cortesía, por que con algo tenía que acabarme lo que quedaba de mermelada.
Y así, entre las salsas emulsificadas (la roja estaba bastante mejor que la verde) y mucho pan, procedí a revisar mi trabajo, bebiendo el café por sorbos, que me pareció más agradable que de costumbre. Volteé a ver el jarrito con aceite de oliva, que tenía un diente de ajo que me coqueteaba irresistiblemente. Tengo suficiente pan, pensé, y poner el aceite al plato no debe ser tan mala idea, sobre todo si me sale el ajo seductor.
Tomé entoces el aceite y lo empecé a servir, según yo, con mucho cuidado en mi plato, agitándolo un poco para que saliera el ajo condenado, y como suele suceder cuando uno quiere hacer las cosas sutilmente (por lo menos, así le pasa a Mr. Bean), al agitarlo, pues sí, salió el ajo, ¡pero con casi todo el aceite del jarrito! Bueno, ahora tenía mi plato lleno de aceite, medio diente de ajo crudo, papas al romero y pan y restos de los huevos divociados. A lo hecho, pecho. Corté el ajo en pedacitos y me lo fui comiendo junto con el resto de pan que mojé en el aceite. En ese momento entendí el efecto de la ramita de romero que ponen en los frascos: no sólo da algo de aroma, que no me parece mucho ni muy convincente, sino que, además, le da un toque amargo al aceite ¿saben? para que uno no se sirva tanto. Total, que cuando terminé de leer mi escritura, ya me había comido todo lo que tenía en el plato, con todo y el medio litro de aceite. Espero que así sea como coman los reyes...
Si a este desayuno se le agrega el servicio wi-fi, pues me parece muy atractivo pagar Q53, que fue lo que me salió con todo y propina. Pero lamento decir que la señal era tan mala, que no pude hacer uso del servicio. Para mi desayuno en Tre Fra, hoy son tres lenguas y media :P :P :P :p
Esta fue mi experiencia, una vez más, en Tre Fratteli de Condado Concepción. Por Q50 me di una gran comida, que espero me mantenga sin hambre hasta mañana. Me senté a la mesa con un montón de papeles que tenía que estudiar, entre proyectos de escrituras y declaraciones fiscales, y la prensa, por supuesto. Ya no tienen en las mesas los aparatitos de botones para llamar al mesero y pedir la cuenta, supongo que nunca sirvieron bien su propósito. El mesero me llevó el menú, de donde escogí unos huevos divorciados, y de guarnición pedí que sustituyeran los frijoles por las papas al romero que llaman "papas tre fratteli", lo que resultó ser muy buena elección. Iba a pedir unas tostadas a la francesa también, pero considerando que ponen pan, mantequilla y jalea de fresa de cortesía, ¿para qué gastar? El café también está incluido en el precio, y aunque no tengo costumbre de tomarlo, con tal de ahorrarme lo del jugo, me conformé con esa deshidratante bebida.
Cuando los platos de desayuno son desabrigados y yermos, lo que sucede con frecuencia, uno queda convencido de que pagar Q30 o Q40 por el platillo, es una estafa. No fue el caso de mis huevos divorciados. Después de acabar con la canastita de pan, untándolo con mantequilla y esa, cada vez menos natural, mermelada de fresas, me llevaron un plato muy bien guarnecido de dos huevos, uno con salsa verde y otro con salsa roja, sobre una ancha rodaja de pan caliente, comprimiendo de relleno entre ambos extremos, una capa de jamón. Las papas llenaban el resto del plato, coronado con tres o cuatro rodajitas de plátano frito y otras tres de piña. Pedí otra canastita con pan, también de cortesía, por que con algo tenía que acabarme lo que quedaba de mermelada.
Y así, entre las salsas emulsificadas (la roja estaba bastante mejor que la verde) y mucho pan, procedí a revisar mi trabajo, bebiendo el café por sorbos, que me pareció más agradable que de costumbre. Volteé a ver el jarrito con aceite de oliva, que tenía un diente de ajo que me coqueteaba irresistiblemente. Tengo suficiente pan, pensé, y poner el aceite al plato no debe ser tan mala idea, sobre todo si me sale el ajo seductor.
Tomé entoces el aceite y lo empecé a servir, según yo, con mucho cuidado en mi plato, agitándolo un poco para que saliera el ajo condenado, y como suele suceder cuando uno quiere hacer las cosas sutilmente (por lo menos, así le pasa a Mr. Bean), al agitarlo, pues sí, salió el ajo, ¡pero con casi todo el aceite del jarrito! Bueno, ahora tenía mi plato lleno de aceite, medio diente de ajo crudo, papas al romero y pan y restos de los huevos divociados. A lo hecho, pecho. Corté el ajo en pedacitos y me lo fui comiendo junto con el resto de pan que mojé en el aceite. En ese momento entendí el efecto de la ramita de romero que ponen en los frascos: no sólo da algo de aroma, que no me parece mucho ni muy convincente, sino que, además, le da un toque amargo al aceite ¿saben? para que uno no se sirva tanto. Total, que cuando terminé de leer mi escritura, ya me había comido todo lo que tenía en el plato, con todo y el medio litro de aceite. Espero que así sea como coman los reyes...
Si a este desayuno se le agrega el servicio wi-fi, pues me parece muy atractivo pagar Q53, que fue lo que me salió con todo y propina. Pero lamento decir que la señal era tan mala, que no pude hacer uso del servicio. Para mi desayuno en Tre Fra, hoy son tres lenguas y media :P :P :P :p
sábado, 22 de mayo de 2010
El Cocinero Fiel
Buscando en Youtube recetas para hacer hummus, me topé con esta institución mediática llamada El Cocinero Fiel. Con una presentación fluida, breve y sustanciosa, El Cocinero Fiel tiene muchísimas recetas de me he propuesto aprender. En la barra de videos a la izquierda de este texto he sintonizado su canal, pero a veces no sé que pasa y salen videos de otra naturaleza. Afortunadamente, siempre regresan los del Cocinero Fiel... ¡Espero que les guste!
Restaurante Vegetariano El Árbol
Ubicado en la 17 calle "A" 19-60 zona 10, teléfonos 2368 2124, 23335226
Después de leer "La Panza es Primero"de Rius me sentí un vegetariano convencido. Tendría yo tal vez 12 años, y estaba totalmente persuadido de que la carne era fuente de todas las enfermedades. Como cualquier pre-adolescente, yo detestaba las zanahorias y demás verduras, por lo que mi onda vegetariana no duró más de tres horas. Poco después de cumplidos los 20 años, en una estación de trenes, un señor de cabeza rapada me vendió un libro llamado "The Higher Taste". El libro estaba basado en las enseñanzas de Prabhupada, más conocido en el mundo editorial como Su Divina Gracia, A.C. Bhaktivedanta Swami Prabhupada. Con información menos entretenida que la de Rius, "The Higher Taste" construía argumentos interesantes, médicos, económicos y éticos, para no consumir carne. Los médicos y los éticos no resultaban tan contundentes como los económicos, que decantaban en ecologismo. Al final de cuentas, el objetivo del libro era propagar el hinduismo: alimentarse con una dieta libre de karma.
Al igual que esa literatura, los restaurantes vegetarianos, me parecen envueltos en esa mística oriental que me resulta más intimidante que apetitosa. Así, más que por voluntad propia, fue inducido por "peer pressure" que me dejé llevar al restaurante "El Árbol", que queda unos 100 metros al este de la entrada del gimnasio Francis Martin.
Al sólo entrar empecé a sentir la culpa de alimentarme de tanto suculento mamífero y ave y pez al que le he quitado la vida en el proceso. Me lo recordaron las simpáticas tortuguitas que viven el la fuente que está en la entrada de este restaurante sorprendentemente amplio.
Nos sentamos en la sección del jardín. Un lugar muy agradable. La carta, además de las especialidades, ofrece un menú del día, que permite combinar una sopa, un plato fuerte y una bebida. Todos los comensales pedimos uno de esos. Yo pedí una sopa fea (no recuerdo ni de qué era) y una cacerola de brócoli con arroz integral. Mis acompañantes pidieron sopa de lentejas, de la cual hablaron muy bien, y distintas lasagnas vegetarianas.
La bebida fue un refresco de maracuyá, que etimológicamente significa "criadero de moscas". Al probarlo, uno entiende por qué las moscas y cualquiera otra criatura, se puede sentir atraída a su seductor sabor, y dicen que es medio afrodisíaca. Fue lo mejor de la comida, sin duda.
Mi cacerola de brócoli tenía los verdes arbolitos, un poco recocidos para mi gusto, el recio arroz integral, y un queso interesante. Y ese fue mi almuerzo. También probé la lasagna, que me supo más bien a burrito, y los burritos sí que me gustan.
No es inusual que en un restaurante convencional pida platos sin carne: una ensalada capresse, un risotto ai funghi, o un fondue. Pero en los restaurantes declaradamente vegetarianos, me siento indigno, culpable y la comida me sabe a tratamiento para el colon irritable. Pero son cosas mías, estoy seguro que muchas personas están en mejores condiciones de disfrutar de los restaurantes vegetarianos que yo. Si encuentro un restaurante vegetariano que no me haga sentir así, seguramente le daré más de las tres lenguas que le otorgo a "El Árbol" :P :P :P
sábado, 15 de mayo de 2010
Restaurante Ali Baba Kebab
Ubicado en la 20 calle 25-96 zona 10, plaza 20 calle, local 7, teléfono 23683850
Alí Babá es un oasis para encontrar una limitada pero provocadora oferta de platillos del medio oriente, incluyendo Shawarma. Mi almuerzo durante un caluroso medio día consistió en una ensalada griega (¿no que comida árabe, pues?!) un Mesabaha y de postre, un reverenciado baklava.
Inicié mi comida con un vigorizante té con aroma a cardamomo. El cardamomo es una maravilla, habiendo tanto y tan bueno en Guatemala creo que deberíamos usarlo mucho más en nuestra gastronomía. Ya hasta me dieron ganas de experimentar con algún recado, un pepián por ejemplo, con un toque de cardamomo... (?!)
Mi ensalada griega tenía una muy interesante selección de hojas, rodajas de tomate ciruelo curiosamente recio, aceitunas negras, queso feta y aceite de oliva...ahh, y pepino. Sin toque ácido, la ensalada me sirvió de armonioso complemento para el Mesabaha. El Mesabaha es uno de esos descubrimientos que te deja pensando: "¿qué tal comer esto todos los días en lugar de huevos y frijoles para la cena?"
El Mesabaha era un plato con una cremosa capa de hummus sobre la cual se extendía generosamente el picadillo aromático de carne, que me dijeron era mezcla de cordero con res, aunque el aroma de cordero, para ser franco, no lo pude apreciar.
El platillo estaba buenísimo. La consistencia ligeramente agria y envolvente del hummus, contrastada con la especiada carne, resultaba en una densidad tan satisfactoria al paladar que dan ganas de masticar lentamente, mientras los aromas te transportan a la sala de esa compañera de trabajo que se las lleva de exótica y siempre da hummus como entrada cuando te invita a celebraciones...
El Mesabaha no sólo me resultó satisfactorio para el paladar, también para el estómago. A la mitad del plato, después de haber comido la mitad de la ensalada también, mi apetito se encontraba totalmente aplacado. ¿Será efecto de los garbanzos? Para quien le llame la atención preparar Mesabaha, les dejo aquí un video con el que me topé en la internet, que parece reemplazar la carne por garbanzos enteros. Buena suerte entendiéndole al chico:
Gracias a las culpas de la infancia de que hay que acabarse la comida, no tuve mayor problema en terminar mi ensalada y mi Mesabaha y todavía ordenar un baklava. Dos piezas ortogonales de pasta phylo rellenas de pistachos me sirvieron para declararme muy contento de haber visitado este lugar, que me inspiró para regresar, pero más aún, para aprender a hacer yo mismo el famoso hummus mesabaha. Calificación, cuatro lenguas :P :P :P :P
sábado, 1 de mayo de 2010
La Decadencia del Steak
Creo que el último steak que disfruté como tradicionalmente lo hacía fue un corte Don Emiliano en el Oakland Mall, y de eso hace ya muchos meses. Recientemente he visitado, o mejor dicho, vuelto a visitar varios lugares de carne asada, y no sé a qué se debe, pero siento que cada vez es más difícil encontrar un corte jugoso, aromático y bien preparado.
En Donde Mikel ordené un mar y tierra. La atmósfera del lugar, desenfadada y juvenil, prende una llama informal que invita a despreocuparse de todo. En mi plato, los camarones estaban bastante decentes, pero la carne no estaba nada jugosa, y eso que la había pedido término medio.
En Los Ranchos me comí un lomito que no me convenció. Creo que va a salir en las fotos de la entrevista en elPeriódico. Estaba extrañamente pálido, sin mucho atractivo, y aunque no estaba recocido, tampoco estaba jugoso. Por lo menos los plátanos fritos y el pico de gallo salvaron la situación.
En Del Tingo al Tango en la calle Montúfar, el día de ese memorable partido que el Barsa ganó, pero que de todas maneras perdió (exquisita ironía), también intenté satisfacerme con un lomito. Éste sí estaba jugoso y tierno, pero el aroma parecía muy avasallador, sin sutileza ni complejidad. Sólo un fuerte golpe de humo.
En La Hacienda Real me comí un asado de tira que estaba bastante decente, acompañado de una carne de cerdo adobada, la mejor que he comido en mucho tiempo. A diferencia de los otros lugares, tengo la impresión de que la Hacienda Real mantiene su calidad superior y su servicio increíblemente eficiente. Es cierto, sus precios son más elevados, pero viendo que la calidad en general parece estar bajando, ya llegó el punto en el que vale la pena pagar la diferencia.
Más recientemente visité un lugar nuevo en la carretera a Fraijanes, se llama "Asados y Tintos". Queda en este centro comercial pequeño donde hay una agencia del Banco Industrial...creo que se llama plaza...algo...Plaza Las Vistas, me parece. Allí probé un mar y tierra de puyaso y un asado de lomito. El lomito estaba mejor que el puyaso, cuyo término se pasó de cocimiento, pero que el chef no dudó en reponerme, con más carne todavía a manera de resarcimiento. El mar y tierra estaba bien complementado con camarones, no extraordinarios, pero sí muy agradables, bañado todo con aceite, ajo y perejil. De postre sirven semifredo de varios sabores. Yo probé uno de mango. Cremoso y directo, es un postre pesado para combinar con carne y camarones, pero de sabor muy convincente.
Quisiera seguir probando más steak houses, vamos a ver qué dicen mis resultados del colesterol...jejeje
jueves, 29 de abril de 2010
Equis Restaurante
Ubicado en Plaza Fontabella
En un esfuerzo por convencerme a mí mismo de que me puedo llenar con poca comida, un día alrededor de las 6pm me dirigí a Equis Restaurante buscando algo para cenar. El truco era no esperar a que me diera tanta hambre, por lo que comer temprano era parte del plan. Al llegar al restaurante y preguntar sobre el servicio, los meseros cordialmente me indicaron que no habría más que postres y entradas hasta dentro de 20 minutos.
Bueno, esa parte del plan había fallado. No me quedó otra que rondar las vitrinas del centro comercial hasta que dieran las siete para estar seguro de disfrutar del servicio completo. Irónicamente, cuando al fin regresé y me situé en una mesa, el menú me indujo a pedir tres entradas por sobre cualquier plato fuerte.
Resulta que, como en principio desconfío de los restaurantes que están decorados con vocación minimalista, he aprendido la lección de que los platos fuertes tienen precios bastante más altos que las entradas, pero éstas los rebasan en creatividad y exquisitez.
Como bocadillo de cortesía me sirvieron una cucharita con pescado con salsa soya. Muy interesante y provocadora combinación de cubitos que se puede comer de un sólo bocado para anticipar la influencia oriental del resto de los platillos.
Me decidí por tres entradas: unos ravioles de güisquil con mantequilla de alcaparras, un tempura de mariscos y un plato variado de brochetas. Mi postre fue un sticky toffee y mi bebida una sangría que se me antojó infantil, tirando a frutipunch.
Los ravioles eran cuatro discos salpicados con alcaparras y bañados en una ligera salsa con aroma de mantequilla, que al ser cortados revelaban el curioso rallado de güisquil. De un verde pálido, el color del relleno tal vez no contrastaba lo suficiente con la pasta, pero formaba una composición interesante de efecto ligero para el estómago. La insoportable levedad del güisquil se transforma así en un interesante bocadillo, más satisfactorio de lo que uno pudiera pensar.
El plato variado de brochetas decía ser para dos personas, lo que me pareció un injusto prejuicio a la vez que válida advertencia. Eran cuatro pares de pinchos de colores y aromas estimulantes que reposaban en un aséptico plato blanco. Un par era de pollo en salsa satay, con vocación picante y delicioso gusto a maní, aunque algo más espesa me hubiera dado mejor impresión.
Otros dos eran de lomito en salsa de ostras y un tercer par era de pescado en salsa de cilantro. Ambas creaciones aromáticas y entretenidas, cocinadas en un punto inmejorable y acompañadas cada una de la salsa que resultaba en buen maridaje.
La más destacada de las brochetas, a mi gusto, fueron las que consistían en rollitos de camarón con salsa de lychee. La salsa era más interesante y llamativa que las demás, y el rollito también tenía una textura más compleja, que mezclaba lo crocante del dorado exterior con el relleno más tierno de la carne de camarón. Más francamente dulce que el resto de salsas, la rojiza salsa de lychee me pareció el toque perfecto para balancear la combinación de los cuatro pinchos.
Mi tercera entrada fue una tempura de cangrejo con salsa de chipotle. La tempura tiene también esas texturas interesantes que combinan tan bien con el aroma de los mariscos, en este caso, camarón y cangrejo. Y este plato hubiera sido muy bueno de no ser por la salsa, que me pareció apática y desganada, sin el vigor y agresividad que me esperaba del chipotle. También me resultó gracioso que sólo sirvieran la mitad de un cangrejo de caparazón suave.
El postre, un sticky tofee, prometía ser acogedor y envolvente, pero a mi criterio, le faltaba aroma y la textura pudo haber sido más suave y menos arenosa.
En balance, Equis me ofreció entradas muy convincentes, que me animan a regresar para probar los platos fuertes para ver si éstos superan a las entradas. Calificación: cuatro lenguas :P :P :P :P
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